lunes, 14 de julio de 2025

En recuerdo de mi hermano

 Carlos Fabricio Ruiz Calderón (1942-2025) 

Lo mejor que la vida me ha dado es mi familia (y conste que tengo tres). Por esta razón, cuando uno de sus integrantes muere, mi pesar es inmenso por no poder socializar fisicamente con ellos. Es decir, no poder reunirme con los que sea han marchado. Es este el caso de mi hermano mayor Carlos Fabricio Ruiz Calderón quien murió el pasado 11 de julio de 2025. Me queda entonces recordarlos y la manera que utilizo para ello es escribir sobre ellos y publicar alguna de sus fotos. El siguiente texto, es de su hija mayor, la foto me la proporcionó nuestra común hermana, Sofía Ruiz Calderón. Gracias por leerlo 
Por: Giselle Ruiz Calderon

Violeticas de mayo. 


Cuando mi papá nació mi abuela Sofía quería decirle al mundo que era feliz, y que, por arte de magia, las trompetas celestiales anunciaran que su hijo, el primero, estaba aquí, y que con toda esa alegría la música, ahora terrestre, invadiera su vida y la vida.


Carlos, mi papá, a lo largo de su vida había cultivado muchos gustos y talentos, uno de ellos era viajar en carro y en moto  por el país, otro memorizar poemas de los Andes venezolanos y, por supuesto, escuchar música. Él también atesoraba en su memoria con emoción el deseo que mi abuelo Néstor un día le confió: hijo quiero morir sentado en la plaza Bolívar de Mérida mirando la sierra nevada. Mientras tanto mi abuela, la inmigrante, repetía: el lugar más bello del mundo es esta ciudad donde sale el sol,  he construido mi familia y donde han nacido mis hijos. 


Soy la heredera de muchos recuerdos. Papá era muy culto, irremediablemente elegante, parecía más alto de lo que era, su voz era cálida y varonil, tenía modales de príncipe, era profundamente sensible y se cubría de furia, literatura y quehaceres manuales para evadirse de todo cada vez que podía. La felicidad llegaba con los viajes que se daba a la tarea de planificar con tiempo y con un gusto por cada detalle del camino.

Fui la invitada de honor a uno de los primeros viajes a la Gran Sabana en su jeep azul.

Mi mamá, Pepi, se fue al Gran Mundo a comprarme shores, medias, ropa interior blanca de algodón, zapatos y un sueter cuello de tortuga amarillo. Compraron medicinas, inyectadoras y alcohol porque de pronto yo, días antes del viaje, estaba con fiebre pero papá que sabía de todo decidió: la niña va conmigo. 


Y, sí, fui con él de Mérida a Chachopo y de Chachopo a Apartaderos donde camina, Luz Caraballo, con violeticas de mayo, 

con carneritos de enero, 

inviernos del ventisquero,

farallón de los veranos,

con fríos cordilleranos,

con riscos y ajetreos,

se te van poniendo feos

los deditos de tus manos.

… 


Y así iba recitando el palabreo de la loca Luz Caraballo porque íbamos a Trujillo donde paramos a encontrarnos con su amigo Winston y Winston Manuel su hijo con quien planificaba y compartía feliz los viajes de aventura por el país. 


Sistemático y responsable mi papá, me enseñaba poesías y llenaba la jeringa con el medicamento, y yo tranquila y confiada me ponía boca abajo en el asiento delantero del jeep para recibir, sin chistar, la inyección. Mi papá era lo máximo, sus inyecciones no dolían, me abrazaba con amor y me sobaba la espalda con una ternura que extrañare hasta las próximas vidas. De Trujillo seguimos al llano y del llano a la Gran Sabana. Esos viajes de Semana Santa se repetirían durante varios años y cada año yo tenía una nueva responsabilidad. Como copiloto debía abrir el mapa de las carreteras de Venezuela e ir marcando el recorrido e indicando, sin perderme, por donde debíamos ir. También debía estar atenta del agua potable y de pelar las naranjas y las mandarinas para pasárselas a mi papá  mientras manejaba, sin parar, hasta llegar al destino antes del atardecer a montar el campamento, refrescarnos y esperar. Yo esperaba, él se ponía a cocinar y echaba junto a su amigo cuentos. Después de la cena los hombres seguían planificando el camino del día siguiente hasta que nos despedíamos y cada uno en su carpa caía dormido en medio de todos los sonidos de la selva. 


Cada año el viaje se perfeccionaba hasta que el uso de la cámara fotográfica se hizo indispensable; sobre todo porque era un placer tener las diapositivas listas para invitar a familiares y amigos a beber gin tónic y comer pasapálos mientras se proyectaban las diapositivas y se contaba el viaje. 


Carlos, mi papá, representa la vida de abundancia en todo y como quería darnos saber un día llegó con un cassette donde estaba la bella historia de la formación de una orquesta clásica contada por Piccolo y Saxo. No puedo decirles cuántas veces escuché ese cassette y cuantas veces lo reparé. Que te reciban orquestas y trompetas, que estén allí tus amigos y tus amores y que nos volvamos a encontrar para volvernos a querer. 




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