sábado, 23 de mayo de 2026

Un Encuentro Feliz: Semillas de la Modernidad Musical en Mérida

Prof. Amílcar Rivas


Foto: José Rafael Rivas (1902-1982

Durante una reciente inmersión en los viejos archivos de nuestra memoria familiar, el azar —o quizás la paciente insistencia de la historia— puso en mis manos el borrador amarillento de un breve artículo redactado por mi padre, el Maestro José Rafael Rivas. Aquellas líneas, que posteriormente verían la luz en la prensa regional, rescataban del olvido un acontecimiento de singular trascendencia para el devenir cultural de nuestra región. La relevancia de este hallazgo, que documenta el germen de una transformación artística sin precedentes, despertó en mí la imperiosa necesidad de reconstruir los detalles de aquel suceso y desarrollar las páginas que siguen, dedicadas a honrar la memoria del insigne violinista Miguel Ángel Espinel y el entramado de voluntades que sembraron la modernidad musical en Mérida.



    Miguel Ángel Espinel (1895-1966)

El 14 de enero de 1939, las páginas del diario El Vigilante de Mérida registraron un evento que, bajo la pluma del Maestro José Rafael Rivas, trascendió la simple crónica social para convertirse en un manifiesto cultural. En aquel entonces, una Mérida de ritmo pausado fue testigo de un "encuentro feliz": el recital conjunto del reconocido violinista Miguel Ángel Espinel y el pianista Pbro. Cirilo María Rezola S.J.

Presbítero Cirilo María Rezo Imatz (1895-1951)

La presencia de Espinel en Mérida no era un hecho menor. El músico tachirense (1895-1966), formado inicialmente por su padre y conocido tras ganar el concurso para la música del Himno de su estado a los 17 años, traía consigo la solidez de sus  posteriores estudios profesionales en Francia y Alemania.

Espinel fue un forjador de talentos excepcionales de proyección mundial. Entre sus alumnos destacó la niña prodigio Judith Jaimes, a quien formó desde los cuatro años, aclamada por el gran público norteamericano y calificada por el gran pianista polaco Witold Malcuzinsky como la "nueva Teresa Carreño". Asimismo, su magisterio alcanzó a figuras fundamentales de nuestra cultura como el pianista Humberto Castillo Suárez y los destacados violinistas José Clemente Laya y Luis Felipe Ramón y Rivera. Tener a un músico de tal envergadura tocando en Mérida fue una muestra de modernidad y excelencia artística.

El acompañante en el teclado de Espinel en la referida ocasión, posee una historia fascinante de silenciosa maestría. El Pbro. Cirilo María Rezola (1895-1951) había llegado a Mérida desde España en 1928, para sumarse al recién creado Colegio San  José, ubicado en una pequeña ciudad de apenas 6.500 habitantes. Portaba una sólida formación sacerdotal y académica que le permitió ejercer como profesor de múltiples asignaturas, además de llegar a ocupar los cargos de prefecto y rector del colegio San José durante sus 16 años de permanencia en esta institución.

Es sorprendente que en los registros biográficos consultados no se mencionan sus estudios musicales. Sin embargo, la agudeza de Rivas al catalogarlo como "virtuoso" era plenamente acertada: ejecutar un programa de cámara junto a un violinista de prestigio y gran renombre nacional solo era posible poseyendo un alto nivel técnico y musical. Esta destreza, ejercida con profunda modestia, responde a la rigurosa e integral formación de los integrantes de la Compañía de Jesús. Es a partir de este encuentro en Mérida cuando ambos creadores, Espinel y Rivas, desarrollaron una sólida amistad, la cual mantuvieron viva y activa de forma epistolar a lo largo de sus vidas.

Con humildad, Rivas calificó sus líneas en la prensa apenas como una "croniquilla". Hasta ese momento, la única reseña publicada sobre un evento musical de relevancia en la ciudad había sido la de José Humberto Quintero (quien años más tarde se convertiría en el primer Cardenal de Venezuela), publicada en el Diario Patria de octubre de 1932, en donde elogiaba con fervor el talento del gran guitarrista uruguayo Agustín Barrios "Mangoré".

Sin embargo, a diferencia de aquel valioso pero puntual elogio de Quintero, el escrito de Rivas en 1939 marcó un precedente distinto: fue el inicio de una serie de artículos aparecidos en El Vigilante a lo largo de los siguientes veinte años. En ellos reclamaba repetidamente al gobierno regional y a las autoridades universitarias por su indiferencia ante la necesidad de formar músicos de manera académica. Confronta la realidad de su entorno al señalar la contradicción de que Mérida, la "Ciudad Universitaria" donde se atendían todas las áreas de la enseñanza, fuera la única capital de estado en mantener desatendida a la música, a la que definió noblemente como "la más grande de todas las artes, a la vez que ciencia".

Como Director de la Banda del Estado, compositor y autor de la música del Himno de la Universidad de los Andes (ULA), Rivas entendía que el arte requería estructura formal. Ante la apatía oficial inicial, él y su esposa, la pianista Mery Dugarte de Rivas, materializaron el proyecto en su propio seno familiar. Transformaron su hogar en una academia para jóvenes merideños y para sus seis hijos, todos bajo una rigurosa formación, fundando a la vez una de las dinastías artísticas más respetadas de Venezuela.

De esa unión floreció una descendencia que ha llevado el apellido Rivas a los escenarios más exigentes del mundo. Hijos, nietos y bisnietos han continuado la labor de aquel visionario que en 1939 pedía una escuela de música para su ciudad. Hoy, los descendientes de los esposos Rivas-Dugarte son  el testimonio vivo de que la música, cuando se cultiva con amor y disciplina, se transforma en la herencia familiar más valiosa. Esta trascendencia generacional encuentra un hermoso eco en la propia estirpe de Espinel: dos de sus sobrinos-nietos heredaron su misma pasión y hoy destacan en París como excelentes pedagogos y ejecutantes, uno consagrado al violín y el otro al piano. 

Veinte años tuvieron que transcurrir para que el anhelo sembrado por Rivas se viera cumplido. En 1960, el Rector de la Universidad de los Andes, Dr. Pedro Rincón Gutiérrez, creó la Escuela de Música de la ULA, adscrita a la Dirección de Cultura. Para dar inicio a este ambicioso proyecto académico, la universidad contrató inicialmente a un cuerpo docente de altísimo prestigio internacional: los pianistas Eric Landerer y Monique Duphil, junto al eminente violinista francés Maurice Hasson.

Progresivamente, la institución se fortaleció con la incorporación de nuevos talentos,el guitarrista Leovigildo Díaz, la pianista Gladys Araujo y de dos de los hijos del Maestro Rivas: el oboísta y compositor Diógenes Rivas y el pianista Amílcar Rivas, consolidando el vínculo directo de la dinastía familiar con la escuela universitaria. Durante esos primeros años dorados, la excelencia educativa de la novel escuela contó además con las enseñanzas de otros músicos de renombre, entre ellos, Eduardo Rahn, José Francisco del Castillo, Luis Contreras  y Fernando Villamarín.

Aquel anhelo manifestado en una humilde columna de prensa en 1939 florece hoy no solo en los espacios universitarios, con la existencia de una Escuela de Música adscrita a la Facultad de Arte de la universidad, por la existencia desde hace treinta y cinco años de la Orquesta Sinfónica del Estado, por la sólida presencia del “Sistema” de orquesta juveniles e infantiles, y por las exitosas carreras de los nietos y bisnietos de los esposos Rivas Dugarte, quienes se desempeñan con éxito en escenarios nacionales e internacionales. La visión de José Rafael Rivas se cumplió con creces: la música dejó de ser el arte olvidado para transformarse en el sello de identidad de su estirpe y en el mayor orgullo cultural de la Universidad y de la ciudad de Mérida.



Mérida, 19 de mayo de 2026  


 

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