Explicación (HRC): Hace algunas semanas el autor del texto que sigue, Amilcar Rivas, nos ofreció un escrito sobre la modernidad musical en la ciudad de Mérida que pueden leer aquí (con fecha del 23-Mayo-2026). En ese momento había venido desde la ciudad de Buenos Aires a Mérida (Venezuela) a presentar a la Dra. María Guiñan, Directora de la Schola Cantorum de Venezuela, quien se incorporó como miembro nacional de la Academia de Mérida. En ese momento Amilcar Rivas nos ofreció remitirnos otros escritos para publicar en La Botica. Vaya nuestro saludo y agradecimiento a este venezolano que ahora forma parte de la diáspora nacional.
La evolución del gesto: de cómo Venezuela se incorporó al podium orquestal
Por: Amilcar Rivas
Buenos Aires, 14 de julio de 2026
Cuenta el recordado periodista Óscar Yanes en su libro “Así son las cosas” que, allá por la década de los años veinte en Caracas, un hombre de pueblo logró acercarse al general Juan Vicente Gómez para pedirle trabajo. Al preguntarle el mandatario qué quería hacer, el hombre, sin dudarlo, respondió: «General, yo lo que quiero es un trabajo como el de ese señor de la Plaza Bolívar, que con un palito en la mano pone a tocar a toda la Banda Marcial».
Esta divertida anécdota retrata el gran equívoco que históricamente ha rodeado a la dirección orquestal: la ingenua idea de que el director es un ser contemplativo que solo agita una vara en el aire mientras la música, por arte de magia, brota de los instrumentos.
Lo que aquel buen hombre no sabía es que, para llegar a la agilidad y sutileza de ese "palito", la historia de la música tuvo que transitar por caminos complejos y, a veces, trágicos. Aunque los conjuntos vocales e instrumentales siempre existieron, fue en el siglo XVII cuando estas agrupaciones comenzaron a requerir la presencia de alguien que, al frente de ellas, coordinara la ejecución de partituras cada vez más complejas y orquestas más grandes, en las que se integraban cada vez, nuevos y variados instrumentos, cuyas dimensiones podían sobrepasar el centenar de ejecutantes.
Tampoco podía saber que en otros tiempos pudo ser también una profesión de alto riesgo. Así lo recuerda lo acontecido hacia 1687 al gran compositor Jean-Baptiste Lully, director de la corte del monarca francés Luis XIV. Lully no dirigía con una batuta liviana, sino con un pesado bastón de hierro con el que golpeaba el suelo para obligar a los músicos a mantener el compás. El destino quiso que, en un exceso de entusiasmo, se golpeara con fuerza el pie, provocando una gangrena que le causaría la muerte. Aquel bastón indomable era el testimonio de un oficio naciente que exigía rigor físico y mental, pero que afortunadamente evolucionó hacia la sutileza de la batuta moderna y en algunos directores contemporáneos, a su total eliminación.
En Venezuela, el inicio de este viaje tiene un nombre indiscutible: el Maestro Vicente Emilio Sojo. En 1930, asumió la batuta para fundar la Orquesta Sinfónica de Venezuela, sembrando la primera piedra del desarrollo sinfónico nacional. Mantener encendida esa única llama durante décadas, en un país que apenas despertaba a la modernidad, fue una exigente tarea que requirió de verdaderos emprendedores. Es imposible hablar de esa época de hermosa resistencia sin nombrar al maestro Pedro Antonio Ríos Reyna. Él no solo fue un violinista y director excepcional, sino el alma administrativa; el gestor incansable que defendió la dignidad del músico y la permanencia de la orquesta frente a todas las tempestades políticas y económicas. Su nombre lo conserva hoy, con justicia, la sala más importante del Teatro Teresa Carreño.
Y en ese mismo escenario de exclusividad sinfónica, emergió en la década del sesenta, con una fuerza arrolladora la figura del Maestro Gonzalo Castellanos Yumar. En una época donde la Sinfónica de Venezuela era prácticamente el único templo de la música académica del país, Castellanos asumió su dirección artística con un rigor técnico, una hondura intelectual y una exigencia profesional sin precedentes. Él desmitificó el oficio: demostró que el director no era un mero entusiasta del podio, sino un estudioso analítico de la partitura. Bajo su batuta, la orquesta alcanzó una madurez interpretativa y una disciplina de ensayos que preparó los cimientos para las generaciones venideras, estableciendo de manera indubitable que la batuta no se mueve con el brazo, sino con el cerebro y el alma.
Este riguroso proceso de maduración no ocurrió en el aislamiento. Por el contrario, los escenarios venezolanos —con el Teatro Municipal de Caracas y el Aula Magna de la Universidad Central de Venezuela como epicentros— se convirtieron durante la segunda mitad del siglo XX en paradas obligatorias para las más insignes batutas universales. Leyendas de la dirección de la talla de Igor Stravinsky, Wilhelm Furtwängler, Otto Klemperer, Sergiu Celibidache, Herbert von Karajan y, más adelante, Leonard Bernstein, pisaron suelo nacional para conducir a los músicos locales o presentarse con sus respectivas orquestas. Estas históricas visitas no solo brindaron al público venezolano un contacto directo con la vanguardia y la tradición interpretativa del viejo continente y Norteamérica, sino que sembraron en el ambiente musical del país una profunda conciencia del más alto estándar técnico y estético internacional, sirviendo de inspiración directa para las generaciones en formación.
El éxito de esta escuela de rigor e institucionalidad pronto expandió sus fronteras naturales. En la década de los setenta el Maestro Eduardo Rahn al frente de la Orquesta Sinfónica de Maracaibo demostró la fuerza con que la provincia se incorporaba a la corriente innovadora que ya se anunciaba en el país.
Al poco tiempo, en 1975, el Maestro José Antonio Abreu convirtió ese mismo gesto en un milagro social, multiplicando la batuta en cientos de jóvenes manos al frente de las innumerables orquestas del Sistema diseminadas por todo el país.
Hoy en día, aquel "palito" de la anécdota caraqueña se ha transformado en un lenguaje de prestigio universal. El mundo entero es testigo de cómo la dirección de orquesta venezolana lidera los escenarios más exigentes del planeta a través de figuras como Gustavo Dudamel, situado al frente de las Filarmónicas de Los Ángeles y Nueva York, Rafael Payare, quien lidera con maestría las prestigiosas Sinfónicas de Montreal y San Diego. A ellos se suma la sólida trayectoria de Diego Matheuz en los fosos líricos más importantes de Europa y Asia, así como la destacada presencia de Ilych Rivas en el circuito internacional americano y europeo. Esta brillante constelación se dinamiza con el carácter de Glass Marcano en Bruselas, junto a talentos de la talla de Carlos Riazuelo, Christian Vásquez, Rodolfo Barráez o Carlos Izcaray, quienes continúan expandiendo la huella de la batuta nacional en los cinco continentes.
La historia demuestra que la labor del director nunca ha sido la de un mero marcador de compases. Del bastón trágico de Lully a la disciplina fundacional de Sojo; del desvelo institucional de Ríos Reyna, el rigor absoluto de Gonzalo Castellanos y la finura técnica de Gustavo Dudamel, la dirección de orquesta en Venezuela se ha consolidado como un arte que consiste en convencer, interpretar y construir a partir del silencio el alma de un país para expandirla hacia el mundo.
Nota:
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(1) La foto y la información de Iliych Rivas la puede ver en el link.
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