viernes, 9 de diciembre de 2011

Universidad, poder y contrapoder

Humberto Ruiz (*)  

Consejo Universitario ULA. Foto H. Ruiz  
El  compromiso de pronunciar el discurso de orden, en el acto de entrega de la condecoración “Pedro Rincón Gutiérrez”, que otorga la Seccional de Profesores Jubilados de la Universidad de los Andes, a tres universitarios ejemplares, lo asumo con gratitud y satisfacción.

¿Qué decir de Pedro Rincón Gutiérrez que no se haya expresado con anterioridad?
¿Cómo exponer una obra dilatada, rica y novedosa como la que nos muestran los tres homenajeados de esta noche: Adelis León Guevara, William Lobo Quintero y Antonio Rafael Van Grieken Molina? ¿Qué expresar en un momento tan confuso y tan poco halagador como el que vive la universidad venezolana, sobre su existencia actual y su futuro? ¿Cómo decir algo interesante y hermoso, con la promesa de que un poeta de fina palabra y escritura, también hablará, en nombre de los catedráticos que hoy son reconocidos?  Estas son algunas de las preguntas que me he hecho reiteradamente, para asumir con el mínimo de originalidad e inteligencia, nuestro responsabilidad en un acto de tanta significación, que nos honra gratamente.

Ha pasado mucho tiempo desde el siglo XII en la Europa medieval  cuando nacieron las universidades. La universidad es una de las instituciones humanas de mayor tiempo de existencia.  Boloña y París, las primeras en Europa. Salamanca (1242) y Alcalá de Henares (1293) en España, así como  las más añejas instaladas en nuestro continente Santo Domingo (1538), San Marcos (1551) y Santa Fe de Bogotá (1594). Todas ellas son una pléyade de instituciones  que  entre la tradición y el cambio han sorteado el paso del tiempo y justificado su razón de ser.

La tradición de mayor raigambre de las universidades es sin duda  la enseñanza de nivel superior.  Es decir, la de transmitir la tradición del saber conocido. Labor que tuvo como finalidad preparar a los grupos dirigentes hasta la fundación de la Universidad de Berlín por Humboldt, a comienzos del siglo XIX. De allí en adelante, la función primordial de las universidades más importantes en el mundo comenzó a cambiar. Las instituciones se convirtieron en instrumentos para la producción de saber. Por supuesto, la anterior función -formar profesionales- ha seguido teniendo gran importancia.  La universidad sigue cumpliendo ambas funciones y en América Latina, desde la Reforma de Córdoba,  es un espacio para el cambio social, para la preparación de los nuevos poderes sociales,  es en una caja de resonancia de las nuevas ideas y expectativas sociales.

En América Latina la tradición de las universidades públicas  estimuló el debate  fundamentado sobre las realidades sociales. Ello, fue sin duda una innovación institucional importante. No obstante, con el paso del tiempo y de los diversos enfrentamientos  sociales, sirvió para que los partidos políticos y luego mercaderes de la política ocuparan espacios institucionales y los convirtieran en fuente de poder institucional, alejados de la vida académica fundamental: hacer ciencia y formar profesionales. 

No puede estar la universidad  alienada  a los poderes establecidos, sean ellos políticos, económicos, religiosos, ni siquiera al poder de sus propios actores internos. La universidad es y seguirá siendo un contrapoder. Un espacio para el debate y para el pensamiento crítico. Así lo entendió, en su tiempo, claramente, Pedro Rincón Gutiérrez.


(*) Lo que se publica es la parte inicial del discursos de orden.