jueves, 16 de octubre de 2014

Docentes que hacen falta

César Chávez Taborga (*)
Con motivo de los 55 aniversarios de la Escuela de Educación de la ULA (Venezuela), pronuncié unas palabras en el acto de apertura de su semana de celebración. El discurso es largo para colocarlo aquí.  Quiero, sin embargo, hacer referencia  a uno de mis profesores que recordé en esa oportunidad, que con sus enseñanzas y discusiones influyó de manera determinante en mi.

Tenía una formación profesional muy sólida pues había  estudiado postgrados en Chile y en Francia, en este último país,  en la École Normale Supérieure de St. Cloud de París. Pero además, tenía una preparación erudita como pocos, en temas no sólo de formación docente. De hecho había sido rector de la Normal Superior de La Paz Bolivia y había estado exiliado en Uruguay, antes de llegar a Mérida. 

Como si se tratara de un parto apresurado, me contrataron en la ULA en junio de 1974 y concursé en abril de 1975.  Gané el cargo de profesor ordinario que, hasta ahora en condición de jubilado, ostento. En ese cortísimo lapso, desde septiembre de 1974 hasta abril de 1975, conocí  a ese extraordinario maestro. Una de las cosas que me dio la medida de su valía fue que, en cuanto le comenté mis clases de oratoria de liceísta, que insistían en cuatro aspectos; impacta, desarrollo, ejemplo y conclusión, me dijo: “esa es la estructura del discurso, según Aristóteles”. Ahora, muchos años después, nosotros completamos, que es también la estructura del discurso docente.
 
No fue la única sorpresa que me dio éste sabio y generoso docente. Con él reaprendí a escribir –y coste que había aprendido a leer con Doña Dolores de Calderón en primer grado de primaria-.  Con él supe que la docencia, cualquiera sea su nivel, sólo cumple su naturaleza si logra persuadir a los alumnos que estudien y aprendan por sí mismos. Que ninguna clase deja huella si el profesor no sabe qué quiere que aprendan sus estudiantes y lo más importante, para qué se aprende.  Y que toda la información que se repite en una clase se termina olvidando, hasta para el profesor, afortunadamente.

En una época signada por la moda intelectual de objetivos conductuales, él insistía que los contenidos eran más importantes como tema educativo y auspiciaba que los profesores supieran cuál era la naturaleza de la  asignatura que enseñaban y lo que hoy se denominan las competencias, que deben desarrollar los estudiantes, como resultado del proceso docente.   

Por su erudición y profundidad de pensamiento puesta dadivosamente al servicio de mi formación lo recordé para mis oyentes en el acto de apertura de la semana aniversario de la Escuela de Educación.  

En fin, por las reflexiones que me planteó para introducirme en la docencia universitaria y las  muchas horas dedicadas a nuestra preparación como profesor contratado y posteriormente como instructor, quise evocar su memoria en ese momento. César Chávez Taborga fue un maestro que vino desde Bolivia, exiliado por un régimen militar que cubrió de ignominia a su país y se asentó por catorce largos y fructíferos años  entre nosotros.  Ya desafortunadamente no está  entre nosotros. Muchos de mis logros como profesional de la docencia se los debo a él.  Maestros eruditos y generosos hacen falta  en las aulas de Venezuela… ¡y del mundo!


Nota 
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(*) Foto tomada de la contraportada de su libro: Guido Villa-Gómez en tres perfiles (estimativa literaria). Universidad Andina Simón Bolívar, Sucre (Bolivia), 2003.