domingo, 24 de abril de 2011

Homenaje a mi maestra, en el día internacional del libro

Humberto Ruiz [i] 
Foto H. Ruiz
Explicación: el pasado sábado 23 de abril se celebró el día internacional del libro. No sé quién ha dicho que los libros no sustituyen la realidad que vivimos, pero su lectura  nos ayuda a vivirla mejor. Y en ese sentido, para quienes la lectura y la escritura son una necesidad fisiológica y nos acompañan cada día a vivir ésta compleja realidad, que es la vida de cada quien, el día del libro nos  hace recordar las mejores páginas leídas y lo grato que ha sido escribir otras tantas. Por ello, queremos rendir homenaje  a la maestra  que nos enseñó a leer en el primer grado de la escuela primaria.  Escribir fue un proceso mucho mas lento, penoso y complejo que aún no hemos logrado alcanzar. A un ilustre maestro  universitario ya fallecido -Manuel Caballero-  siempre le oí  decir que él no era escritor, sino corrector.  En fin, vaya nuestro homenaje para Doña Dolores de Calderón, maestra de primeras letras en Mérida (Venezuela) en la segunda mitad del siglo pasado. Si alguno de los lectores  tiene una foto de ella le agradeceríamos  que nos la hiciera llegar para completar el homenaje. Gracias de antemano (ya esto fue resuelto).





LA ESCUELA DE DOÑA DOLORES...   

A mediados de la década de 1950, la ciudad de Mérida estaba comprendida entre la Cruz Verde de Milla y la Plaza Glorias Patrias. En una casa pequeña, de escasos 15 metros de ancha –nunca supe cuántos tenía de profundidad- entre las calles 17 y 18 de la avenida Bolívar, funcionaba una escuela muy famosa entre los padres y "temida" por los niños. La institución era regentada por sus dos únicas maestras: doña Dolores de Calderón y su hija Ana Dolores.

La imagen que guardo de doña Dolores es de una mujer mayor, muy delgada, de caminar pausado y bamboleante, aunque enérgico, con los pies lanzados al monte. Los años ya le habían hecho perder la rectitud física que debió tener en su juventud, pero no la ética. Usaba una falda negra y larga, con pequeñas figuras blancas, que le llegaba hasta los tobillos, por donde se podían ver unas medias que hacían pliegues, quizás por haber perdido las piernas el volumen que tuvieron en tiempos pretéritos. Remataban sus pies unas chinelas de tela negra. Para la época que la conocí las telas de sus vestidos las mandaba a comprar con alguna de las mamás de sus alumnos en donde Murzi o en la tienda de José Trujillo. Completaba su atuendo un suéter gris o beige de manga larga que ella se subía hasta la mitad del antebrazo, dejando ver unos miembros enjutos y unas venas gruesas y metálicas. Las manos se percibían fuertes y violentas, sobre todo cuando blandía la palmeta y exigía que le extendieran las suyas a quienes rompían la disciplina o incumplían las tareas. Siempre estaba sentada del lado izquierdo, para cuidar el orden de los más díscolos.

Ana Dolores permanecía del lado opuesto. Muchas veces, la luz que entraba por la puerta del salón nos impedía ver las facciones de su cara. Usaba un traje sastre, por término general de color gris, con falda no tan larga como la de su madre. Pero, al contrario que ella, recogía su cabellera en dos pequeños y coquetos moños a cada lado de su cabeza. Permanecía todo el tiempo con zapatos de discreto tacón. Se tomaba sus manos como queriendo controlar el ímpetu de su juventud y su vocación de normalista. Parecían pájaros queriéndose salir de una jaula. Tenía un pupitre que sólo ella usaba, con un cajón grande en cuyo interior guardaba, para curiosidad de nosotros, en perfecto orden, el papel, la tinta y la plumilla necesarias para llevar la administración de la institución, y hacer la boleta de fin de curso de cada quien en una letra bella que debió aprender según el método Palmer.

La casa de la maestra siempre estuvo pintada de verde, como queriendo decirle a los vecinos cuál era su preferencia política, por ese tiempo mayoritaria en la ciudad. En su fachada se veía una puerta ancha y fuerte con dos aldabas para sostener un inmenso candado, que sólo se ponía cuando doña Dolores y su hija salían a misa o a otros oficios religiosos, en las cercanas iglesias de la Tercera o la de los padres Redentoristas. Completaba el frente de la casa una ventana alta de madera con pretil y dos hojas superiores a cada lado mucho más pequeñas. Por una de las cuales se asomaba la dueña de casa para saber quién tocaba la puerta o quién pasaba por allí, a cualquier hora.

A los niños y niñas de la escuela sólo se les permitía permanecer en la sala que hacía las veces de salón de clase y cuando había recreo en el patio principal de la casa. En muy contadas ocasiones, cuando las necesidades fisiológicas de los varones eran urgentes, podíamos pasar hasta el baño, siempre que esta urgencia fuera "menor", pues si era "mayor" debíamos irnos a casa. Las niñas debían aguantar cualquier emergencia de su cuerpo

El piso de la casa era de baldosas de tierra y el patio de cemento verde oscuro y requemado. La única aula estaba dividida. A la derecha se sentaban los niños y a la izquierda las niñas, separados por un pequeño pasillo. Al final del salón había una puerta pequeña y alta que daba hacia una alacena cubierta por una cortina. En las contadas oportunidades que fue abierta, dejaba ver cuadernos, libros y un gran montón de periódicos, los cuales esparcían un inolvidable olor a tinta y humedad que aguijoneaban nuestra curiosidad.

El esfuerzo por aprenderme las vocales me trae el recuerdo de mi primer castigo. "A, e, i, o u, más sabe el burro que tú" era la expresión graciosa que había oído en casa, más de una vez. Por supuesto, repetirla en la escuela y frente a mi maestra se tradujo en grave falta que supuso pasar el resto del mañana arrodillado mirando una pared inmensa repleta de santos y de cuadros de personajes y paisajes que hoy rememoro como europeos, nunca locales. Entre los cuadros había uno que mostraba a un joven de pelo engominado y mirada inspirada, lleno su pecho de medallas: Rafael Caldera.

La falta de respeto de mis palabras se consideró seria. Pero, más bien el castigo fue leve. Otros niños debieron sufrir los rigores de la palmeta, permanecer horas arrodillados sobre granos de maíz y oír los regaños de doña Dolores por las faltas cometidas en la escuela o fuera de ella. No escapaba nada a su intolerante mirada de águila, más cercana al siglo XIX que al que estábamos viviendo.

Durante las fiestas religiosas,  de la Inmaculada Concepción, la paradura del niño y la Semana Santa, se hacían desfiles con carrozas y los diferentes colegios asistían a ellos. A nosotros, según la ocasión, nos colocaban un vestido de pastor o de cura, con sotana y bonete. Pese a esa insistencia, de todos los que estudiaron conmigo, sólo uno de los niños terminó tomando los hábitos religiosos.

Mirando a doña Dolores, a su hija y esa inmensa pared llena de imágenes y cuadros pasé todo un año, aprendiendo a leer. Como todos los niños que acudían a su escuela, yo efectivamente leí. Supongo que a muchos de mis condiscípulos la imagen de doña Dolores les debe traer no muy felices recuerdos. Nadie podrá negar que se aprendía y también que se sufría. El precepto pedagógico que inspiraba la escuela era que: "la letra con rigor entra".


[i] Publicado inicialmente con el título de "LA ESCUELA DE DOÑA DOLORES (RECUERDOS DE UNA INSTITUCIÓN SEVERA Y EFICIENTE") en El Vigilante, Mérida, 20 de abril de 1999, edición aniversaria, p. C-22. También aparece en Ruiz, H. (2008): Pensar y hacer universidad, sentido de una gestión. Mérida, Fondo Editorial El Cobijo, pp. 293-296.