domingo, 30 de septiembre de 2012

El hombre que amaba los perros y nosotros

Humberto Ruiz Calderón

Los venezolanos enfrentan la más importante decisión política de su vida republicana. Antes que un cambio de régimen político lo que se deberá escoger es un modelo de vida social. 

El próximo 7 de octubre éste país deberá decidir entre un modelo de sociedad personalista, autoritario de corte comunista y otro democrático con un claro asentó en lo social. 

No vamos a detallar el cúmulo de atropellos que el gobierno y sus adláteres han cometido a lo largo de estos últimos años y en particular en la campaña electoral, así como el uso de los recursos de todos los venezolanos puestos al servicio del candidato del gobierno, ni a comentar el abuso de poder permanente contra la opción opositora. Todo ello es más que sabido.

Lo que hoy quiero compartir con nuestros lectores es que a escasos días de tomarse ésta histórica decisión hemos concluido de leer, con angustia y coraje, la novela:  El hombre que amaba los perros.


El autor de la novela que comento es un escritor y periodista cubano, Leonardo Padura (1955).  Padura en el colofón a la obra dice de la novela es una: “… historia ejemplar de amor, de locura y de muerte que, espero, aporte algo sobre cómo  y por qué se pervirtió la utopía e, incluso, provoque compasión”.  ¿De qué sueño habla el autor?  Pues de la gran ilusión que generó Marx y por supuesto los prácticos de aquella esperanza de igualdad y progreso, Lenin y la revolución de octubre de 1917. Pero en realidad, la novela trata de Troski y de su asesino Ramón Mercader del Río.

El mentor soviético encargado de preparar al joven republicano catalán para el asesinato, cuando le daba las últimas órdenes, le expresó lo que para muchos es una gran verdad, sobre la despersonalización exigida a los militantes comunistas. Tu nombre, tu historia y tu vida personal son nada. Tú eres el brazo ejecutor de la razón histórico, para el triunfo del proletariado y de su gobierno soviético: “El odio es invencible”.

Hace unos días me comentaba un amigo sociólogo,  quien pasa temporadas en la zona de Río Chico (Venezuela) y habla frecuentemente con algunos de sus pobladores, que le escuchó a uno de sus conocidos,  seguidor del Presidente, que ellos estaban dispuestos a salir a matar,  si perdían las elecciones. Y nos retumbó en la cabeza  aquello de la fuerza del odio mostrada de forma sistemática en la trama de la novela. Se odia por que se ama la humanidad. ¡Qué contrasentido!

Caído el Muro de Berlín, y aún con algunos ejemplos vivientes  de esa gesta  de la humanidad, que fue  el socialismo real en el siglo XX -Cuba, Corea del  Norte, etc.-, la novela de Padura, nos muestra  en los personajes  que le dan vida la gran mentira, la gran farsa,  en que se convirtió el sueño de igualdad y de progreso del régimen comunista soviético. O quizás, para ser exactos, en ese experimento político y social  que fue la vía  hacia la dictadura del proletariado.  El individuo no existe sólo los grandes procesos sociales son importantes. Lo otro no merece la pena si quiera mencionarlo. Es la despersonalización absoluto del individuo. Y con ello se justificaron los mayores infortunios a poblaciones inmensas.  Por ello es que – saltando las diferencias de momento histórico y de consecuencias- la afirmación del candidato a la reelección hace unos días, en donde expresó que: “no importan los huecos, ni la luz, ni el agua. Sino LA PATRIA” es una expresión  contemporánea de ese modo de pensar. Lo importante es el proceso, el sistema,  el gobierno del pueblo. Lo otro son menudencias pequeñoburguesas.      

La persecución a la que fue sometido Troski en el plano individual, sólo puede parangonarse con los millones de desterrados y movilizados por el régimen de Stalin que fue  responsable de la muerte de cuarenta millones de personas, entre purgas, hambrunas, colectivizaciones forzosas y limpiezas étnicas. Todo bajo la conseja de consolidar el régimen soviético y la dictadura del proletariado.

Pero, no son las únicas tragedias sociales  del siglo XX por esa causa. Recordemos a la revolución cultural china  y el régimen del  Pol Pot  y sus Khmer Rojos en Camboya. Todas esas tragedias humanas a causa de perseguir la utopía de igualdad y progreso comunista, convertidas en horribles dictaduras totalitarias, en nombre de las mayorías.   

La novela: El hombre que amaba los perros, es una descarnada y documentada versión de la expresión de esta locura en que se convirtió la utopía  comunista del siglo XX en dos personajes: Troski y su asesino Ramón Mercader del Río. El primero perseguido, acorralado y vilipendiado hasta  su muerte y después de ella. El otro despersonalizado y olvidado por sus propios creadores, como máquina para matar.  Todo ello bajo la inspiración de querer implantar la utopía de la igualdad y el progreso comunista en el siglo XX.

Todo lo anterior, no es la negación de quien escribe,  sobre  el ideal de igualdad de todos, los hombres y mujeres, ante la ley; la igualdad en las oportunidades; en la lucha de la humanidad por conseguir una sociedad de bienestar y felicidad. Lo que se quiere expresar es que  durante el siglo XX las mayores tragedias humanas estuvieron -en buena manera- encubiertas en esta utopía. Cuya concreción social fue  el llamado socialismo real. 

En siete días, los venezolanos deberán escoger entre un régimen democrático, con todas sus imperfecciones y el sueño del socialismo del siglo XXI. Es decir, la versión actual de la utopía que se descarna y desnuda  en la novela de Padura. Vale la pena leer la novela, pues  además del tema que trata, está exquisitamente bien escrita. Espero y brego porque los venezolanos escojan el camino democrático y no el sueño irredento que les propone el candidato a la reelección.