domingo, 14 de julio de 2013

Canto a la amistad y “ellos”



Humberto Ruiz


Plinio Apuleyo Mendoza, el periodista colombiano, publicó en enero de este año, su tercer libro sobre su  amigo íntimo el premio nobel Gabriel García Márquez: Gabo Cartas y recuerdos (Ediciones B, Barcelona-España).

Mendoza conoció al Gabo, en un café de Bogotá, cuando sólo debía tener veinte años y él escasamente saldría de la adolescencia.  Desde esos primeros recuerdos hasta que le otorgan el nobel de literatura, Plinio Apuleyo Mendoza deja transcurrir recuerdos, cartas, afanes, penurias y dichas. Cambios  que ocurren en medio de una sola permanencia: una amistad entrañable, que muchas veces no necesitó palabras para que ambos pensaran y actuaran de manera similar.

Deben ser millones los libros  sobre la amistad entre dos personas tan distintas. La diferencia la hace que uno de esos hombres fue galardonado con el premio nobel de literatura y el otro llegó ser también una figura pública  e intelectual de importancia  en Colombia: periodista, escritor y embajador de su país.

Algunos de los rasgos de la personalidad del Gabo son tratados  con lucidez y respeto. Su creencia  que las flores amarillas traen suerte o las premoniciones  que en ciertos momentos llega a tener y que terminan siendo absolutamente ciertas.


Se fueron a conocer el socialismo real por que Gabo soñó que no funcionaba.  El relato con que recuerda  el viaje, le permite comparar a los obreros franceses y los alemanes orientales y revelarlos tal cual son. Los primeros lucen alegres, pese a las dificultades  que les asolan. Mientras los otros  se les veía tristes. Los franceses tienen la seguridad que con la protesta y la  lucha política había  posibilidad de cambio. Mientras que los alemanes no tienen “ninguna esperanza, pues la revolución ya se hizo.”

La víspera del 24 de diciembre de 1957 llegó Gabriel García Márquez a Caracas a trabajar junto con Plinio Apuleyo Mendoza  en la revista Momento. El dueño de la publicación con maneras “profusas y caóticas” los había convencido de venirse a trabajar aquí.  Cómo ve Plinio Apuleyo Mendoza a los venezolanos de ese momento y cómo encaran su labor periodística y vital en Caracas, son páginas de profunda antropología cultural  venezolana. El primero de enero, luego de las fiestas de fin de año se disponen a bajar a la playa y el Gabo tiene otra premonición: “Mierda, tengo la impresión de que algo va a ocurrir.” Y ocurrió.  Pérez Jiménez, el dictador, salió huyendo de Caracas tan solo 23 días después.  Y una nueva etapa de efervescencia se instaló en el país. Ambos, fueron testigos de excepción de ese momento venezolano.

Al año siguiente están, junto con otros latinoamericanos, en Prensa Latina, la organización periodística establecida  en los primeros tiempos de la revolución cubana.  Cuando la burocracia del partido comunista toma la dirección de la agencia, Plinio Apuleyo Mendoza  renuncia y va a conversas de la situación con Gabo que dirige la oficina  de Nueva York.  “Ellos”, como así los llaman, han llegado para no dejar el mínimo espacio a la crítica u observación al proceso cubano. García Márquez le acompaña  en la renuncia.


París siempre vale una misa.  En Francia una rica heredera del Barón de Estaño Boliviano, cercana con la izquierda política europea, otorga  los recursos para instalar la revista Libre que servirá al boom literario latinoamericano.  Ya el carácter totalitario del régimen cubano era evidente  y el caso Padilla hace volar por los aires los acuerdos de los escritores que le dan prestigio a la nonata publicación.  Allí ocurren los enfrentamientos entre Julio Cortazar por una parte y Mario Vargas Llosa y Plinio Apuleyo Mendoza, entre otros, por la otra.  El amigo creyó que el Gabo le acompañaría en esa toma de decisión en la denuncia de un régimen  que perseguía a quienes tuvieran  tan solo dudas sobre los que “ellos” estaban haciendo, pero no fue así.

Pese a las consecuencias que el caso Padilla generó en la intelectualidad  latinoamericana y mundial, la relación entre los amigos continuó. Mendoza destaca  que si bien García Márquez no es “un simpatizante ortodoxo”, su amistad con Fidel Castro le permitió lograr la liberación de miles de presos políticos cubanos. 

El perfil que resume de García Márquez  en el libro no puede ser más conciso y contundente: Dignidad, humor, irreverencia, rechazo a lo artificial y protocolar y pudor con los sentimientos. Pero siempre, alegría sin escrúpulos con cumbia y aguardiente. 

Plinio Apuleyo Mendoza escribió un libro que es un canto a la amistad, aún aquella que reconoce y acepta la disidencia e incluso parece justificarla.