viernes, 6 de mayo de 2011

La muerte de Pilar

Humberto Ruiz

Foto: F. Rivera
Era ya una adolescente cuando, desde el Magdalena medio, llegó al Colegio de las Bethlemitas de Pamplona para ser educada. Para sacarle cualquier demonio que pudiera haber heredado de sus ancestros, pontificó el cura del pueblo. Los mal pensados podrían  adivinar que se enviaba a la remota institución, enclavada en la cordillera andina, para ocultar el pecado juvenil del párroco de otro perdido pueblo selvático. Pilar había crecido y con velocidad se aprestaba a dejar atrás la niñez.  Su físico y la chispa poética  la hacía cada vez más parecida al cura y maestro. Y por supuesto, su cuerpo era ya una versión mejorada del que  su madre tuvo  en el pasado y que cautivó a tantos criollos, con y sin hábitos. Sin embargo, sus años de feliz inocencia estaban  por terminar.


Pilar llegó sola con su nombre  y con muy escasa pertenencias a Pamplona.  Pero, su inquietud física y habilidades intelectuales dejaban  ver que manos caritativas se habían encargado de ella no sólo para alimentarla, sino también para  y enseñarle las primeras letras y los rudimentos de aritmética que sólo quien ha pasado por estudios  sistemáticos  podría haber metido en su cabeza. Recitaba  con gracia y sin equívocos muchos de los cuentos y versos de Rafael Pombo: El Gato Bandido; La Pobre Viejecita; Mirringa y Mirronga, habilidad que causaba no sólo asombro sino envidia en muchas de las niñas de familias  encopetadas que estaban en el colegio. Para las venezolanas que estudiaban internas allí, los cuentos y versos de Pilar eran personajes desconocidos, no así para las jovencitas colombianas quienes aprendieron a leer con los libros de Pombo.

En el colegio Pilar comenzó sirviéndole a la hermana cocinera. Debía estar pendiente  de encender el fogón muy temprano y preparar el aguamiel mañanero que las niñas del colegio, tomaban cada día. Pilar lo hacía con gusto y alegría.          
 
Con el paso del tiempo Pilar fue ganando  en responsabilidad y para angustia de las monjas, también en belleza. Tan habilidosa era en las cuentas, que las hermanas terminaron enviándola  al mercado de la ciudad para las compras diarias más urgentes. Regresaba siempre sonrosada,  no sólo por la velocidad con la que iba y volvía,  sino también por el regateo que realizaba. También,  encendían sus mejillas, los piropos que los más arriesgados dependientes eran capaces de decirle, siempre con mucho sigilo y discreción. Un tiempo después, la confianza de las hermanas permitió que le asignaran la responsabilidad de acompañar, cada lunes a quienes se encargaban de las compras semanales.  Pilar siempre estaba presta para hacer rápida y mentalmente las cuentas y para lograr de los comerciantes que agregaran algo más para las hermanas, quienes no dejaban de estimular la habilidad de la muchacha y agradecer la generosidad de los marchantes.

La Hermana Directora la observaba con ojos rigurosos y pedía a quienes salían al mercado semanalmente  con Pilar, que le avisarán de cualquier conducta que pudiera ser evidencia de una dirección inadecuada. Pero ella, sólo cumplía con eficiencia su labor, aunque  alguna cara de picardía no dejaba de preocupar a sus maliciosas chaperonas.     

Ya era una joven que el feo uniforme no podía ocultar un cuerpo que buscaba a todo trance escaparse hacia  el mundo. La alegría y hermosura se convirtieron en una acusación para la mente pacata y medrosa de las hermanas y en particular de la superiora. Nadie se veía tan feliz como Pilar, sin que su mente la eximiera del regocijo por la juventud y la vida. Todo hacía preveer que tanto deleite podría ocultar andanzas extrañas y sospechosas.  La hermana directora decidió que era mejor que Pilar no pisara las peligrosas calles de la ciudad y menos  que departiera  en lugares de tanto riesgo para la moral y las buenas costumbres como los comercios minoristas, aún bajo la mirada perspicaz y continua de las hermanas del colegio.
      
Recluir a Pilar en los espacios del colegio fue un castigo terrible.  Al principio comenzó a incumplir las obligaciones de la cocina con desanimo, dejando enfriar el aguamiel del desayuno. Después hizo cosas peores como endulzarlo exageradamente u olvidar las pequeñas licencias que le habían granjeado la disposición y el cariño de muchas de las internas: agregar un pedazo más de pan en la ración del almuerzo, no colocar mantequilla a las que sufrían de acné, recordar el gusto de cada quien en el reparto de las piezas del pollo cuando era el plato fuerte del almuerzo.     

Perder la visita semanal al mercado que duraba toda una mañana era un castigo, además de injusto, devastador e insólito. Pilar quedó recluida en una jaula que le proveía alimento pero le restringía ver el mundo de la pequeña ciudad y su gente. Y también hacer una que otra travesura, nada más allá de mirar a los muchachos de los pueblos cercanos, con los cuales soñar esperanzadoramente.       

 Poco a poco su carácter, al principio  ocurrente y dispuesto para  el trabajo,  se convirtió en agrio y mal genioso.  Dedicaba todo su esfuerzo a cuidar las niñas internas sin hacer mayor diferencias entre ellas y al contrario de cómo actuaba  anteriormente, hacerles su paso por el colegio lo más desagradable y penoso.  

Pese a todas sus cualidades intelectuales y al comportamiento decente Pilar no podía ser aceptada para tomar los hábitos religiosos, por lo nebuloso de su origen. Tampoco las hermanas del colegio estaban muy convencidas de permitirle  conseguir un lugar  en el mundo de las seglares y perderla, por su utilidad para la institución. Vivía Pilar en un verdadero limbo terrenal.  

Los ejercicios espirituales se hacían con sistemática regularidad en el colegio. Quizás los más duraderos y rigurosos eran los de la Semana Santa. A los ayunos y  las charlas religiosas del día, se agregaban los rezos nocturnos. Ya tarde de la noche las niñas debían recorrer los pasillos desolados y fríos del colegio para irse a dormir. Pilar encontraba  que las enseñanzas religiosas y los miedos infundados a las jóvenes alumnas para que se arrepintieran de sus culpas,  actuales o futuras, era ocasión propicia para ejercer su autoridad  y convertir en tétricas las frías noches de expiación de pecados, seguramente veniales.  

Desde la planta baja, donde estaba la capilla del colegio,  debían subir las escaleras, en silenciosa peregrinación y mascullando lúgubres rezos,  para llegar al dormitorio y a media noche volver a bajar para continuar con los oficios religiosos.  Esa noche las niñas mayores decidieron jugar una mala pasada a Pilar.

Al bajar de nuevo a la capilla, en medio de la más absoluta oscuridad, le susurraron al oído:

-Empujemos  a Pilar.

Pilar entre sorprendida y furiosa, respondió: 

-Claro, empujemos….  empujemos…  a Pilar.

La rabia dejó salir el odio acumulado contra todo lo que representaba  el colegio, en especial contra las niñas de familias bien  que debía cuidar y servir.  Rabia por la injusta decisión de recluirla  en su interior, sin dejarla salir a ver cómo hacia vida la gente del pueblo montañero.  Pensó que la molestía que hacía sufrir a las niñas era suficiente para que quisieran verla desaparecer.  Pensó en la forma cómo muchos perdían la vida en su natal terruno selvatico, en las fauces de las fieras  tropicales.  Y entonces gritó con todo lo que sus pulmones le permitieron, para angustía  y temor de quienes la acompañaban, en las oscuras escaleras del colegio:

-Sí empujemos y matemos a Pilar… 

Su genio no la abandonó, pese a la furia que sentía en ese momento y concluyó diciendo:

- Y digamos…  que una bestía feroz la devoró…

Fue grande el asombro de quien había hecho la travesura que se escabuyó en la oscuridad de las escaleras, al ser descubierta. El resto de las internas no atinaron a saber la razón del alboroto

Luego de esa noche hubo concilio entre las Hermanas Bethlemitas. Al poco tiempo la Directora del Colegio, a sabiendas  de que los conflictos se agudizaban, accedió a casar a Pilar con Carmelo, el jardinero del vecino Colegio de los Hermanos Cristianos.