sábado, 7 de marzo de 2015

Sociología de la Plaza de Toros (*)

Plaza de Toros de Mérida (**)
José Manuel Quintero Strauss

El Manual que esta noche se presenta, está dedicado al “Aficionado Taurino”. Y que mejor lugar que este Club (Mérida Country Club) lleno de grata tradición taurina, y bajo el acompañamiento de la banda taurina de la Mesa de Los Indios bajo la dirección del maestro Antonio Rangel Flores, que nos hace vibrar de emoción las tardes de toros en nuestra Monumental.

El verdadero Aficionado Taurino es el que siente el toreo como una devoción, tiene conocimientos y se esmera en profundizarlos para seguir la fiesta de los toros con lógica y se interesa por lo que ocurre en el ruedo y fuera de él, antes y después de la corrida. Saca conclusiones. Esto forma parte de lo que se conoce como “el lío del toro”. Recordemos a José Carlos Arévalo quien nos decía: “Puede haber pases geométricamente idénticos, pero estéticamente distintos. 



En esa distinción consiste precisamente el arte”

El tachirense y buen amigo don Pablo Andrés Duque Arias, quien debe estar por aquí,  escribe sobre los tipos de aficionados, los que con su anuencia, me permitiré recordar. Los reúne en cuatro grupos: el primero es aquel que corresponde a los estudiosos de la Fiesta, son objetivos, van a los toros con interés casi científico. No se sienten atraídos por ningún tipo de torero y reparten su gusto entre distintos diestros. Observa la lidia pendiente de las ejecutorias del toro y el torero. Este tipo de aficionado es muy escaso.

El segundo grupo es el que muestra sus pasiones a flor de piel y es consustancial  con la fiesta brava: pero orienta su comportamiento y, algunas veces, se siente muy influido por un determinado torero, porque es torerista y no toma en cuenta al toro. Vive diariamente las pequeñas o grandes cosas de la Fiesta y gusta meterse en tertulias con verdaderos taurinos.  Es el grupo más abundante en la corrida de toros.

Un tercer grupo es el radical, el de los extremos en casi todas sus posturas, posee un sentido muy crítico del espectáculo. Cree que todo lo que se hace en la fiesta es fraudulento y esta obsesionado por conseguirle las trampas para denunciarlas. Por ser extremista quiere una fiesta perfecta y en esto incluye al toro y al torero. Este tipo de aficionado –gracias a Dios agrego yo- es reducido.

Quiero señalar que, una cosa distinta del aficionado es el espectador ocasional, que va a los toros algunas veces por curiosidad y la inmensa mayoría de este tipo de público, acude a una corrida de toros, por el fenomenal poder de atracción de la Fiesta. Para bien o para mal una considerable mayoría de personas que asisten a las plazas de toros a presenciar una corrida, por supuesto, pertenecen a este grupo.

El cuarto grupo –nos recuerda Pablo Duque- son los aficionados que coloquialmente se les llama “sabelotodo” el que acude a una corrida de toros a dictar cátedra. A ellos los denomina el cronista taurino  Antonio Caballero “el director de lidia”.

Con el permiso de este reconocido crítico colombiano, vamos a hacer una parodia de un viejo artículo de su autoría.

El director de lidia es el matador más antiguo del cartel de la tarde. Pero en la práctica es el espectador de quinta o sexta fila de tendido numerado, detrás de cualquiera de nosotros y que ha ido a los toros con un amigo. Tiene vello en los nudillos, un puro apagado entre los dientes y una voz resonante. Empieza a dirigir la lidia mucho antes de que salga el primer toro, da ordenes a los acomodadores, al vendedor de cervezas, regaña a los que llegan tarde. Nuestro espectador saluda a todo el mundo y por sus nombres –ellos no oyen, pero nosotros, los que estamos cerca si y con eso basta. “Mira al Dr. Molina, es el cirujano Jefe”, “mira allá en barrera, es Doña Carolina, la madre del Alcalde”, “Hola don Arturo, que bueno verlo siempre”  Y cuando los alguacilillos atraviesan el redondel envueltos en sus capas de terciopelo negro, con las plumas en el sombrero y la rígida gola de velazqueña dando saltitos al trote corto de sus caballos blancos, los anuncia: “Mira don Jesús Quintero, mira a las nenas Rocío y Mª Auxiliadora, que lindo cabalgan” Y el amigo, obediente, las mira.

El director en el tendido, todo lo domina. Hasta a los areneros los conoce por su nombre de pila. “Mira ese es Eusebio, hombre humilde”. Da instrucciones, hace profecías: “ese cárdeno oscuro cornigacho es el toro de la tarde”, y cuando el toro se viene abajo dice, sin inmutarse “te lo dije, ya dio lo que tenía”. Ordena al mozo de estoques que echa agua en la muleta del torero: “Un poco más, para que pese, hay mucho viento”. Da instrucciones al matador para que lo haga mejor, “No hombre así no”, “Sácalo a los medios” “Que barbaridad, que esta haciendo”. Dicta sentencia: “todo el que viste de luces es torero” o si el torero cita al natural “La mano izquierda, que es la de los millones”. Y aprueba, “Ahora dale otro”. Denuncia “ese toro esta cojo” y pide al profesor Antonio Rangel “Música maestro”. Y silva el pasodoble y a veces hasta lo canta “Silverio…Silverio Pérez monarca del trincherazo, cuando toreas  no cambio por un trono mi barrera de sol”. Formula evidencias. “esa banderilla le ha hecho daño” En la suerte suprema aclama “es un bajonazo”, “no la ves…esta caída”. Y todos miramos. Hasta mi compañero de muchos  años en la quinta fila de sombra numerada, don Carlos Atilio Ardila…y ese, ese si sabe de toros.

Hay decenas de directores de lidia,  la proporción suele ser de un director por cada 25 personas. Es decir en nuestra Plaza, con lleno completo, habría unos 600 jefes de lidia.

 Y, al momento de solicitar la premiación, es el primero en ordenar a la Comisión “No más de una oreja” y un poco más allá otro jefe le reclama “estas ciego no merece ni el saludo”.

Pero si al presidente de la Comisión se le va la mano o es muy estricto en la premiación de la faena, pero –en todo caso- no coincide con nuestro amigo director de lidia, éste lanza improperios y agravios que le recuerdan en muchos casos a su progenitora.


Recuerdo una anécdota en nuestro recinto universitario. Era rector mi profesor Miguel Rodríguez Villanave y hubo una protesta en el hall del rectorado. Eran los empleados universitarios que solicitaban el derecho a sus hijos para que entraran como estudiantes a la Universidad por el solo hecho de ser sus hijos. El rector en compañía del vice rector administrativo para la época, mi fraterno amigo, Hernán López Añez bajaron a dialogar con los manifestantes. Los empleados al verlos comienzan las injurias y gritos que al igual que en la plaza –recordaban a sus honorables  madres-, las autoridades serenas continuaron el descenso de los peldaños, silenciosas, soportando estoicamente los insultos. El periodista Leo León, se acercó al profesor López Añez -miembro desde hace años de la Comisión taurina- indagando el porque aquella tranquilidad,  cómo podía ser ecuánime ante tal procacidad, a lo que la autoridad le respondió “aquí no llegan a  100 o 150 personas,  en la plaza hacen lo mismo 15.000 personas, y no pasa nada”.

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Notas: 

(*) Explicación: El pasado 10 de febrero, con motivo de la presentación del libro manual, editado por la Comisión Taurina Municipal de la Plaza de Toros "Román Eduardo Sándia" de Mérida: A los toros, Núm. 33,  se le encomendó a José Manuel Quintero Strauss las palabras en el acto. En su intervención mostró lo que nosotros, arbitrariamente hemos denominado "Apuntes para una sociología de la plaza de toros". Y que exagerando con la amabilidad de quien nos facilitó el discurso, recortamos  tal como aparece en el título de este "post". Seguro estamos que, áun no siendo aficionados taurinos, van a disfrutar de la variopinta categorización del público de las plazas de toro que Quintero Strauss presenta. Debemos agradecer su gentileza de permitirnos publicar parte de sus palabras (HRC).

(**) Nuestra nula afición por la fiesta brava se evidenció cuando entre las miles de fotografías que tengo en mis archivos, no encontré una que pudiera ilustrar el texto. La que acompaña el "post" es tomada de: https://hardtimesnews.files.wordpress.com/2011/03/foto-plaza-mc3a9rida-1.jpg