lunes, 3 de febrero de 2014

Una visita a Oświęcim:[i] belleza y muerte

Por: Yajaira Freites

Era una tarde ligeramente asoleada cuando llegamos a Auschwitz. Veníamos de pasar una intensa mañana en Cracovia, la cual habíamos recorrido en la primera parte de la mañana en medio de una pertinaz lluviecita.

Como parte del tour se nos había dado la alternativa de quedarnos a merodear en Cracovia o tomar el autobús para ir a Ozcemín (Oświęcim), como los polacos suelen referirse a ese lugar de exterminio. Por eso, en el trayecto, estaba desconcertada de que la palabra Auschwitz no apareciera en los letreros de la carretera y manifesté a mis amigas de viaje mi inquietud por haber tomado el bus equivocado.

Finalmente llegamos. Fue sorpresivo cuando nos indicaron que podíamos bajarnos del autobús, caminamos sobre la grava del sendero que nos llevaba a ese célebre portón donde todavía está el letrero en alemán: Arbeit Macht Frei (el trabajo libera).


El ruido de las cámaras fotográficas empezó escucharse. Nuestro guía nos dejo en manos de una joven polaca, alta, pelo corto y con lentes que se disculpó en inglés con los que hablamos en castellano por no hablarlo. No hacía falta, su hablar pausado y con acento hizo que fuese fácil entenderla.





Recorrimos el campo, entrando a varios edificios administrativos del complejo de… muerte. En una pared pudimos ver en el mapa la extensión que tuvo el campo cuando estuvo en pleno funcionamiento…. una magnitud que un primer momento escapó a nuestra vista, pues sólo estábamos situados en la primera parte de lo que fue una vasta extensión. Ahora, es tierra devuelta a la agricultura polaca o simplemente, la naturaleza retomo su dominio sobre aquella superficie, en otra época, alimentada por osamentas pulverizadas, o cadáveres apilados en hondas fosas comunes. Confieso que nada de esto me paso por la mente mientras nuestra guía nos indicaba la magnitud de la empresa de muerte que allí se plasmó. Pasamos a otros edificios en donde la burocracia alemana o ¿nazi? llevaba cuidadosos registros de los prisioneros, así como de su destino final. Cuartos de tortura en donde la pátina del tiempo había sido piadosa al difuminar las huellas de sangre en las paredes; calabozos de castigos mínimos, "los tigritos". Bajamos y subimos escaleras, cuyas gradas se ven gastadas por el uso. Luego, nos llevaron a una sala en donde una vitrina contenía una muestra de maletas, que tenían los nombres y apellidos de sus dueños... vimos una con restos de cabelleras con los cuales se fabricaba colchones, otras con anteojos, zapatos y una porción relativamente pequeña de ropa de niños gemelos que habían vivido en el campo…

 Como si saliera de un estado de mera observación, mi respiración se entrecortó y volví a vivir lo que a los doce años descubrí con estupor, incredulidad y luego terror: el mal existía. Tal conmoción en ese entonces, hizo que mis noches durante una semana estuvieran llenas de pesadillas con las imágenes de las fotografías que Ana Luisa Figueredo Planchart había traído de su casa. Ese año cursaba sexto grado y la maestra nos explicaba la II Guerra Mundial como parte del programa de historia universal de entonces. Cuando ella se refirió al genocidio, palabra totalmente nueva para mi, al igual que mis compañeros me quedé alelada o simplemente no reaccione ante la descripción somera de esa nueva palabra, que se manifestó en que 6 millones de judíos murieran; alguien, o a lo mejor yo, atinó a preguntar por qué y la respuesta de la maestra era insólita: porque eran judíos. El grupo hizo mutis que fue quebrado cuando Ana Luisa dijo, "ah ya sé, eso está en unos libros en mi casa; mañana los traigo", y eso hizo. Entonces lo inimaginable fue desplegado a nuestra vista: fotos en blanco y negro de mujeres desnudas con las que se experimentó la esterilización, lámparas de piel humana, miles de maletas, zapatos y dientes; personas al borde de la muerte, en huesos, pero que estaban vivas y con esa mirada intensa en sus rostros; pilas de huesos.... crematorios... ¿por qué querían quemarlos?


La curiosidad y el morbo infantil permitieron a todos llegar al final de los tres álbumes de fotos que eran los famosos libros de Ana Luisa. Discretamente la maestra los fue sacando de nuestras manos, temerosa de haber lesionado nuestra sensibilidad, o de habernos dado a conocer tan cruda realidad... que había ocurrido en lugares tan distantes de nuestra sociedad; una Venezuela soleada de  principios de los años sesenta del siglo XX.

Sí, ahora en julio del 2000, estaba en Auschwitz el lugar tan remoto pero cuyas fotos me hicieron descubrir que existía el mal. Casi me quebré cuando llegamos a una sala en donde una inmensa ánfora de cristal conteniendo cenizas había sido dispuesta -casi de manera artística- mostrando, otra vez, una muestra de la magnitud de cenizas de los seres incinerados...


Hicimos una parada frente al edificio en donde los médicos alemanes se dedicaron a hacer experimentos con los prisioneros; decidí no entrar, ya sabía lo que había acontecido allí. Y si bien en la placa sólo se nombraba a Carl Clauberg como el esterilizador de las mujeres judías... me pregunté ¿dónde estaban los nombres del resto, por ejemplo nuestro conocido Joseph Mengele? De lo ocurrido en ese edificio había surgido el Código de Nuremberg… por primera vez accioné mi cámara fotográfica.                        

Mientras el resto entraba al edificio, me pasee con otros por los alrededores del mismo; y al contrario de los restantes construcciones, sus ventanas exhibían por el exterior una cenefas negras que nuestra guía - rápidamente- indicó que los alemanes las habían colocado para evitar que los de afuera se enteraran de las actividades que se hacían dentro, como también para evitar que quienes sufrían los tormentos pudiesen ¿avisar? a los de afuera.... pensé que era absurdo porque ¿acaso quienes ya estaban en el campo no sabían que al interior de todas esas paredes se fraguaba la muerte? Pero como si me leyera el pensamiento, la joven polaca señaló que el objetivo de estos carceleros siempre era engañar hasta donde fuera posible a sus víctimas.... y cómo tenía razón.



Al lado del edificio en donde la ciencia y la medicina germana de esos años dejaron su honra, se alzaba un paredón, había algunas ofrendas florales imitando las enseñas de algunas banderas y velones... era el lugar de las ejecuciones ejemplares, visibles, piadosas diría, en comparación con las otras que se forjaban en el resto del campo.

Nuestra guía nos arrastró de nuevo por el hermoso camino central bordeado de esbeltos árboles, cuyas siluetas creaban una hermosa sombra contra el paisaje de esa tarde tibia. Nos hizo caminar por un pasadizo entre taludes de piedra y grama sombreados por los árboles. Pasamos de lo cálidamente umbrío al esplendor de unas paredes blancas relucientes; era la única cámara de gas que quedaba en pie. En el techo aún estaban los grifos por donde se esparcía el gas venenoso. Una explicación acompaño esta estancia, pero asqueada, me salí antes de que terminara para desembocar en los crematorios... fui consciente de los ruidos de las cámaras fotográficas de los otros.


Una horca en medio de un campo medio pantanoso marcaba el lugar donde terminó sus días el jefe del campo Obersturmbannführer Rudolf Höss, cuyas fotos estaban impresas, así como el acto de su muerte en un muro adjunto al terreno... No pude dejar de recordarme del rostro de Ralph Fiennes quien lo interpretara en la Lista de Schindler.   Había habido un poco de justicia cuando Höss, luego de ser juzgado en Nuremberg fue colgado en ese terreno… parecía haber habido justicia, pero en mi interior me decía que era insuficiente.

Cuando regresábamos al autobús no pude dejar de impresionarme - al igual que otros del grupo- por la sencillez, elegancia de las edificaciones debidamente dispuestas sobre el campo, comunicadas por un camino de árboles esbeltos y altos, rodeado de un alambrado - en otra hora electrificado- que daba sin embargo una sensación de belleza y serenidad. Me abrumaba, y hoy todavía lo siento así, que eso pudiera desprenderse de un lugar de muerte. Tal como se muestra en varias de las fotos que tome.

Una reflexión

Cuando se lee el Código de Nuremberg (1946), el sentido común nos indica que lo dispuesto allí es lógico, normal como los 10 mandamientos que aprendimos los católicos que hicimos la primera comunión o los que son judíos, y que después de haber pasado los años de rebeldía crítica a la religión, entendemos la naturaleza trascendente ¿acaso universal? de los mismos. Como sociólogo diría que esos valores trasmitidos a la cultura occidental procedentes del judaísmo se han convertidos en valores universales.

¿Pero era necesario que un código de ética dijera expresamente que los médicos no podrán experimentar con otros seres humanos? ¿Por qué una sociedad pudo llegar simplemente a declarar que sus vecinos, aquellos que no tenían su religión o acaso pertenecían a otro grupo étnico, no eran humanos y por tanto susceptibles de ser simplemente eliminados? ¿Por qué los hombres cultos de una sociedad, entre ellos los médicos alemanes, se convirtieron en parte de los verdugos del régimen nazi? No fue un asunto aislado. Cruzando la frontera germana oriental sus colegas soviéticos ya en ese entonces declaraban enfermos mentales a los disidentes políticos. Y en los años cincuenta médicos en Estados Unidos no dudaron de experimentar con sus compatriotas inyectándoles elementos radioactivos como el plutonio, sin su consentimiento.

Si en los regímenes nazi y soviético el totalitarismo ahogó la disidencia en los campos de concentración como Auschwitz y el GULAG respectivamente, el régimen liberal no protegía adecuadamente a los ciudadanos. No en balde, en 1948 se formuló la declaración universal de los derechos humanos, una extensión y puesta al día de los derechos del ciudadanos; y a partir de allí hemos asistidos a la declaración de los derechos del niño y adolescente y de la mujer. Vistos en la perspectiva del tiempo, el Código de Nuremberg y la Declaración Universal de los Derechos Humanos se convierten en referencia ética y en pauta clave de las relaciones entre el Estado y el ciudadano. Y sin embargo, a pesar de ellos hemos asistido a la "vuelta al campo" o los campos de muerte del Khmer rojo en Cambodia, a las limpiezas étnicas en los Balcanes, a las matanzas de hotus en Ruanda en Africa; y la misma América Latina no ha estado exceptuada de estas prácticas abominables; que calificaría de selectivas como las llevadas a cabo en el Chile de Pinochet o la Cuba de Castro, por ejemplo.

¿Qué hubiera ocurrido si el Código de Nuremberg y la Declaración Universal de los Derechos Humanos no hubiesen sido expresamente formuladas? Mi respuesta no es totalmente satisfactoria, pero la existencia de estas codificaciones son la expresión social de una creciente conciencia ¿global? acerca de nuestra común humanidad; pues como los genetistas bien ya lo saben, a pesar de nuestros diferentes fenotipos, subyace en todos el ADN que nos identifica como Homo Sapiens.

Julio, 1 de 2000