martes, 14 de julio de 2015

Una Revolución Cruel

Saturno devorando a su hijo de F. J. de Goya 
Por: Tulio Ramírez[1]

Hay acciones que definitivamente son injustificables y que no pueden escudarse en esa sentencia tan manida por los sinvergüenzas y vivarachos de siempre. Hay límites hasta en la política, pero esto no parece preocupar a los socialistas del siglo XXI. Prueba de ello son los atropellos cometidos en estos 16 años (…)

(…) El espacio nos quedaría corto para enumerarlos, pero ha habido tres que desnudan la verdadera naturaleza de esta revolución. Seguramente no coincidiré con algunos de mis pocos lectores, pero usted tiene la oportunidad de escoger sus propios episodios, total son tantos que toda lista quedará incompleta.

Comenzaremos de atrás para adelante. El caso del desalojo en “Los Semerucos” el 25 de septiembre de 2003, fue quizás el inicio de una secuencia de atropellos contra la población que no ha parado


Ese día, piquetes de la Guardia Nacional arremetieron sin piedad contra mujeres, niños y ancianos para desalojarlos de manera violenta de sus viviendas ubicadas en un campo de PDVSA en la Península de Paraguaná, estado Falcón. El argumento esgrimido por el gobierno fue que “esas casas eran de la petrolera y no tenían porque estar habitadas por trabajadores que fueron despedidos como consecuencia del paro golpista”. Cualquier lector podría pensar que este desalojo fue legal ya que los trabajadores despedidos ya no tenían ningún tipo de relación laboral con la empresa, aunque para la fecha no se les habían pagado sus respectivas prestaciones sociales. Pero ese no es el asunto, aunque es bueno recordar que todavía hasta hoy, 12 años después, esos trabajadores no han recibido ni medio. Lo grave fue el asalto despiadado al filo de la madrugada y por sorpresa contra 130 familias indefensas. El atropello fue de tal magnitud que la Comisión de Derechos Humanos de la OEA abrió una investigación sobre el caso y dio 15 días al gobierno para que explicara el porqué de esa operación militar contra una población civil desarmada. Venezuela observó atónita esa agresión violenta, desmesurada, desproporcional e inmisericorde por parte de un gobierno vengativo y envalentonado, escudado en fusiles que fueron adquiridos para cualquier otra cosa menos para arremeter contra el pueblo.

El otro caso es el de Franklin Brito. Todavía queda en el recuerdo aquella infeliz expresión del ministro: “Franklin Brito huele a formol”. Fue despojado de sus tierras por una revolución terrófaga. Era lo único que tenia aparte de su esposa e hija. El gobierno observó impasible como moría de mengua, en una huelga de hambre que no le hizo aguar el ojo a ninguno de los representantes de esa revolución humanista y llena de amor que nos tiene hasta la coronilla a la mayoría de los venezolanos. La agonía de Brito fue objeto de risas, burlas y ofensas por parte del alto gobierno. Su dignidad fue pisoteada al tildarlo de loco y extravagante. Llegaron a decir que su petición no tenía ningún fundamento y hasta lo calificaron de chantajista, poniendo en duda su honestidad e integridad como persona. Su muerte nos atraganto un grito de indignación, pero dejo sin pantalones a quienes nunca estarán a su altura.

Por último, y ojalá sea el último, es el caso de la Juez María de Lourdes Afiuni. Su delito, haber cumplido con su deber de impartir justicia sin hacer caso a presiones ni chantajes. El mandamás de la comarca la echó a los leones de manera pública, haciendo gala del poder de su largo brazo. La condenó a 30 años en cadena nacional. Lo demás fue pura formalidad. Las instancias judiciales actuaron y cumplieron. No se le comprobó nada, pero había que vejarla y humillarla. Debía pagar caro su atrevimiento. Osar contrariar al Jefe no es algo de lo que se sale liso. Hasta aquí es suficientemente grave. Pero lo que se conoció después ha merecido el repudio de todo el país, salvo algunas deshonrosas excepciones. Fue violada y agredida en las celdas del INOF. Pudimos enterarnos porque de manera valiente le salió al paso a las infames declaraciones que intentaron desmentir tales hechos ante instancias internacionales de Derechos Humanos. No sabría decir que causó más estupor y rabia, la terrible historia de las agresiones recibidas o el uso de pruebas falsas para tratar de echar tierra a los ojos de los caballerosos funcionarios internacionales que se tuvieron que calar las groserías y la falta de modales de la quien está llamada a garantizar la legalidad de los actos de gobierno. Hay otros casos: los policías metropolitanos, Simonovis, los muertos de Amuay con su “Show debe continuar”; la indiferencia ante los crímenes de los colectivos, etc. Pero los 3 narrados aquí retratan en cuerpo y alma a una revolución ruin y cruel.




[1] Profesor de la Escuela de Educación de la UCV.