miércoles, 25 de enero de 2017

Rigoberto Henriquez Vera y la política

Foto: Cortesía de la Academia de Mérida
Explicación: Palabras del doctor José Mendoza Angulo en homenaje póstumo a Rigoberto Henriquez  Vera, el 23 de enero de 2017, en la Cámara de Comercio del estado Mérida.
    
La iniciativa conjunta de un grupo de merideños vinculados a la actividad empresarial privada, entre los que destacan la politóloga Adalys Molina y el arquitecto Marcos Delgado Monascal, y la Cámara de Comercio del estado Mérida nos han reunido hoy en la sede de la corporación para rendirle un homenaje póstumo a Rigoberto Henríquez Vera. 

Se me pidió que dijera las palabras que ahora leo junto a las que pronunciarán dos coterráneos tovareños de Rigoberto, los doctores Jesús Rondón Nucete consagrado hombre público y José Ramón Rangel Montiel consagrado jurista, y el joven politólogo Luis Enrique Ardila quien hoy adelanta una promisoria carrera como profesor universitario. 


Quiero subrayar que esta circunstancia me complace especialmente. En medio del actual tiempo enconoso que mantiene enfermo a nuestro país, postrado por una interminable crisis política, económica, social y ética, colocado ante el desafío de una perspectiva nacional incierta y en un ambiente que vuelve a hacer huraños a los partidos políticos y a los hombres y mujeres políticos con el riesgo de que gracias a este abono renazca la mala hierba de la antipolítica en nuestra sociedad, se ha escogido este 23 de enero, un día que tiene sonoridades y significado ciudadano en Venezuela para recordar con respeto y con justicia  a un hombre que merece ser recordado.

Desde hace 59 años el 23 de enero es en Venezuela un día cargado de significación histórica y política. Por esa razón, a pesar de la motivación principal  que nos reúne hoy, yo no puedo y no quiero dejar de hacer unos comentarios sobre la fecha. Como de por medio hay dos  razones, una personal y otra, más importante, que seguramente nos concierne obligantemente en la actualidad a todos los que estamos aquí, ruego la comprensión de ustedes para expresarlas así sea con la brevedad que impone este acto.  

La historia de los pueblos no se repite, es un apotegma que insisten en reiterar los historiadores y otros entendidos. Sin embargo, todos están de acuerdo en reconocer que de la historia se aprende. Seguramente no habrá en Venezuela otro 23 de enero como el de hace 59 años pero, con toda certeza, la lucha entre la libertad y la opresión, la confrontación entre democracia y dictadura o autoritarismo como con más espontaneidad se prefiere denominar hoy, la propia dinámica de las democracias y las metamorfosis de las dictaduras nos obligarán insistentemente a mirar con frecuencia hacia atrás, críticamente, para enriquecer el arsenal de argumentos con los cuales los seres humanos construimos el progreso. Otro apotegma dice que quien no aprende de la historia está condenado a repetirla. Tener presente y releer las lecciones del 23 de enero de 1958 como de tantos otros pasajes de la historia nacional es un ejercicio que enriquece el espíritu tanto como las advertencias de quienes han tenido la suerte de vivir y superar experiencias y están dispuestos a referírnoslas sin ningún interés.

En el pasado mes de diciembre, el día 12 para ser más precisos, tuvimos ocasión de leer, como seguramente muchos de ustedes, declaración ofrecida por el padre jesuita Luis Ugalde, exRector de la UCAB, en foro realizado por la Fundación Espacio Abierto, en Caracas. A propósito de la complicada situación nacional de estos momentos Ugalde planteó un escenario político inspirado en los hechos del 23 de enero de 1958. Lo llamó en su exposición “Larrazábal II” para destacar el papel de un militar y de un sector del mundo militar de aquella época en la transición que permitió pasar de la dictadura de Pérez Jiménez a la democracia, situación general que podría volver a presentarse. Y el pasado 5 de este mes escuchamos el importante discurso pronunciado por el diputado Julio Borges en el momento de asumir la presidencia de la Asamblea Nacional. La parte más importante de su alocución fue dirigida, repito textualmente sus palabras, “a los hermanos de la Fuerza Armada” y en una clara evocación del 23 de enero de 1958 los llamó a ponerse al lado de las mayorías nacionales, de la Constitución, de las leyes y de la democracia. Motivados por esta circunstancia y por la pertinencia de colocar esas reflexiones en el contexto de lo que pasó, me permito señalar, en apretada síntesis, cuatro lecciones de la atmósfera política que rodeó al 23 de enero de 1958.  

Primera lección: los procesos político-sociales, por más que se registren en crónicas, relatos y guarismos, tienen mucho de misterio, de azar y de sorpresa. En este dominio, nadie puede lograr saber anticipadamente, con exactitud, cuándo se llena el recipiente de la paciencia de las colectividades, cuando están listos los ánimos colectivos para el cambio ni cuando el movimiento final de los cambios va a comenzar. Hay señales que los pueblos emiten, pueden aparecer signos a veces casi imperceptibles de la actividad humana que se dibuja en el horizonte y que solo las mentes más atentas, más lúcidas y mejor dotadas logran percibir. De un solo asunto hay certidumbre: las vanguardias que terminan comandando estos procesos requieren un mínimo de preparación, de organización y de imaginación para saber lo que hay que hacer cuando llegue la ocasión.

Segunda lección: los procesos sociales no son acontecimientos espontáneos sometidos a la misma inercia que gobierna a las fuerzas de la naturaleza. Es una inefable ingenuidad o una irresponsabilidad imperdonable creer que sentados cómodamente en nuestras casas, o que mientras paseamos y nos divertimos, o poniendo las cosas en manos de personas que consideramos responsables, o  dedicándonos exclusivamente a nuestros trabajos, una fuerza invisible se encargará de hacer realidad nuestros sueños y de resolver nuestros problemas económicos, sociales o políticos. Las condiciones para los cambios hay que ayudarlas a preparar y en ese esfuerzo de preparación los seres humanos, los hombres y las mujeres que somos al fin y al cabo los protagonistas de nuestra propia vida en comunidad tenemos un importante papel que cumplir.

Tercera lección: La unidad potencia las posibilidades y mejora la capacidad de acción. La unidad supone sacrificios para quienes participan en ella pero sólo quienes estén dispuestos a aceptarlos de grado contribuyen de verdad al propósito supremo de restablecer la democracia, la paz y la convivencia entre los componentes de la nación. La unidad no puede ser la poción de un remedio para tranquilizar consciencias y mucho menos una trampa cazabobos para pescar incautos o un tinglado para que se aprovechen de la ocasión algunos vivos. La unidad no puede ser un carro tirado por caballos que van en direcciones distintas. Por ello, sólo el empeño de mantener la unidad de las fuerzas democráticas por encima de los intereses personales o grupales recibirá, en su momento, el reconocimiento de la sociedad y de la historia. Si queremos participar en una obra grande y trascendente, las pequeñeces y las mezquindades hay que dejarlas de lado.

Cuarta lección: la sociedad se decide a cambiar el sistema de gobierno que tiene cuando puede contar con un proyecto político diferente y que le dice más a la gente que el que existe. Para 1958, después de diez años de dictadura, el restablecimiento de la democracia tenía la entidad de un proyecto sentido por todos los venezolanos, sin embargo en 1957 los principales líderes del país suscribieron en Nueva York un acuerdo político que recogía esa realidad, se constituyó en Venezuela la Junta Patriótica por convenimiento de los cuatro partidos más importantes para llevar adelante la política unitaria y luego de caído Pérez Jiménez y antes de las elecciones se suscribió el Pacto de Punto Fijo. Todo esto se hizo en función de los mejores intereses de largo plazo del país, de la política y no de unas elecciones por venir. 
            
Pero como dije que también  había una razón personal, paso ahora a comentarla. Para mí, el 23 de enero de 1958 marcó el rumbo de lo que iba a ser mi vida en Mérida y en la política. Las cuestiones  que estamos reconociendo en este acto tienen, sin duda, un lugar en la evocación que estoy haciendo. Llegué a Mérida y a la Universidad de Los Andes a comienzos de 1955 donde terminaría los estudios que había comenzado en la Universidad Central de Venezuela. El traslado había sido apurado por razones económicas y políticas pues para entonces yo estaba participando ya en la lucha contra la dictadura militar del general Marcos Pérez Jiménez. La ULA no llegaba entonces a los 2000 estudiantes en sus seis Facultades y la ciudad de Mérida contaba aproximadamente con 36.000 habitantes.

A mí me habían  incorporado a la lucha clandestina contra la dictadura militar cuando, cursando el cuarto años de bachillerato en el liceo Daniel Florencio O’Leary de Barinas, el distinguido y respetado profesor de matemáticas Adonay Parra Jiménez, en el momento más duro de la represión política del régimen, convocó en uno de los salones del nuevo edificio del liceo a un grupo de muchachos que éramos alumnos suyos. Como nadie sabía quienes eran los convocados sino cuando estuvimos reunidos, yo al menos llegué a pensar que el llamado del profesor tendría que ver con el resultado del último examen que habíamos presentado en su materia. Todo cambió cuando nos habló. Él sabía que los convocados proveníamos de hogares que se habían identificado con el proceso político venezolano iniciado  el 18 de octubre de 1945 y nos impuso de la necesidad de incorporarnos a las tareas prácticas propias de nuestra edad y formación en la acción partidista consagrada a recuperar la democracia en el país. 

Por ello, llegado a Mérida, tan pronto me incorporé, en ese 1955, a clases en la Facultad de Derecho de la Universidad de Los Andes, lo hice también a la organización política en la cual militaba y para el 23 de enero de 1958, en calidad de Secretario Juvenil integraba el Comité Ejecutivo Seccional clandestino de Acción Democrática en el estado Mérida junto con el respetado maestro Enrique Arias Dugarte y el trabajador Martin Contreras. En sintonía con la sucesión de hechos políticos que tenían su epicentro en Caracas desde fines de 1957, en Mérida nos preparamos para realizar una jornada de protesta pública, en la Universidad, en los institutos de educación media y en la calle.  Al frente de un comando estudiantil integrado al efecto   me correspondió organizar primero y luego coordinar la ejecución de la acción el 22 de enero de 1958. Al día siguiente, a los 21 años de edad y en cuarto año de carrera, cuando estaba cerca de finalizar  los estudios universitarios, apenas a horas de conocerse el abandono del país por el dictador, de madrugada todavía, desde el balcón de una casa de habitación ubicada frente a la plaza Bolívar, pronunciaba mi primer discurso político ante los merideños que se concentraban en el lugar para expresar el contento popular por la caída del régimen. Mi destino personal quedó marcado desde entonces.

Después de encabezar marchas por las calles de la ciudad y ya de día, fui convocado a una reunión para integrar el Comité Ejecutivo Seccional de Acción Democrática en las nuevas condiciones antes del mitin que tendría lugar, el mismo 23 de enero en horas de la tarde, en la plaza Bolívar y en el cual hablarían los líderes de  los principales partidos, integrantes de la Junta Cívica que se acababa de constituir en Mérida. En la dirección clandestina sabíamos que Rigoberto Henríquez Vera estaba confinado en Tovar, que presidiría la reunión partidista convocada y que tomaría la palabra en la concentración popular programada. Esto me llenó de entusiasmo pues me ofrecía sugestivas expectativas. Rigoberto Henríquez Vera contaba en ese momento con 37 años de edad y una respetable hoja de servicios. De los 37 años, los últimos 19, que es como decir la entrada a la plenitud de la vida, habían sido de una intensa actividad política que lo  prepararon para los retos que enfrentaría a partir de 1958. Haber participado en primer plano en la fundación en Mérida del Partido Democrático Nacional (PDN) en 1938 y de Acción Democrática en 1942; haber asumido provisionalmente el gobierno revolucionario estadal cuando no había terminado todavía su carrera y al apenas cumplir 25 años de edad,  tres días después del triunfo en Caracas del movimiento cívico-militar del 18 de octubre de 1945; haber acompañado luego como Secretario General de Gobierno a Alberto Carnevali designado Presidente del estado en el Poder Ejecutivo estadal que éste importante líder recién había constituido; ser diputado constituyente en 1947 en el proceso de fundación en Venezuela de la República Liberal Democrática; haber ocupado la Secretaría General Nacional de su partido en las duras y peligrosas horas de la resistencia antidictatorial,  y superar sin mella en el espíritu diez años de prisión, persecución y exilio componían una hoja de servicios al país que deslumbraba a un joven como yo y que suscitaba el respeto de la colectividad.

A pesar de la diferencia de edades entre Rigoberto y yo y a partir de 1960  de las diferencias políticas cuando la juventud de AD incurrió en los graves errores, primero, de dividir al partido y, luego, casi sin solución de continuidad,  desafiar y tratar de derrocar por las armas al  gobierno democrático que tuvo como sólida base el pacto de “Punto Fijo” suscrito por los tres principales partidos del país, entre nosotros se estableció una sólida amistad que como  lo prueba mi participación en este acto ha ido más allá del fin de sus días.  

Por lo que he dicho, me siento en la obligación intelectual de reivindicar en este acto, en el ejemplo de Rigoberto Henríquez Vera, a la política, a los partidos políticos y a los hombres y mujeres de partido. 
   
Como es sabido, los partidos políticos son, por definición, los canales regulares de la comunicación entre la sociedad y el Estado para los asuntos que tienen que ver con el gobierno de éste. Son, por lo tanto, herramientas diseñadas, organizadas y empleadas por quienes ejercen la política, es decir por quienes rigen o aspiran a regir los asuntos públicos. Ahora bien, para reducir la posibilidad de que los partidos sean simplemente medios para el logro y mantenimiento de un poder personal o bien objetos de la propiedad privada de un financista y, por el contrario, se conviertan en instituciones con la capacidad de anteceder y suceder a quienes los dirigen, se dotan de una estructura teórica compuesta por valores y principios que permiten adecuar la conducta de sus integrantes para el logro del bien común mediante la superación de los problemas colectivos. Es lo que se llama la doctrina de la organización. Y los dirigentes partidistas, que nosotros llamamos hombres y mujeres de partido, sobre la base de esa armazón teórica y organizativa, son los encargados de definir las tácticas y estrategias del conglomerado político, a partir de la evaluación rigurosa de la realidad y de la correlación de fuerzas sociales que prevalezca en cada momento. Es lo que recibe el nombre de “tesis política”. Los partidos deben ser prototipos sociales y los hombres y mujeres de partido deben ser ejemplos para que el conjunto que integran pueda cumplir los propósitos para los que fueron creados. 
   
Pues bien, a lo largo de 65 años, que es el espacio temporal durante el cual Rigoberto Henríquez Vera se ocupó cotidianamente de la política en la acción y en el pensamiento, como hombre de partido en las condiciones de militante o dirigente; como hombre público en los roles de gobernante, parlamentario o diplomático, y como ciudadano, deja una hoja de servicios verdaderamente ejemplar. Al participar de la fundación en Mérida de los dos partidos en los que militó, el PDN y AD, la inspiración doctrinaria y la tesis política de esas organizaciones fueron siempre sus brújulas para orientar el trabajo partidista de cara a su propio desarrollo y crecimiento, ante la perspectiva de ejercicio del poder o como guía para el desempeño parlamentario. Al lado de estos fundamentos, la asimilación y la práctica de los principios de la democracia, vale decir de la discusión y la toma de decisiones por consenso, el apego a la ley y la liquidación del ventajismo en el gobierno,  fueron sus patrones en el manejo interno de la organización, en la orientación del gobierno y  en la relación con los gobernados. Y como gran telón de fondo unos fundamentos éticos claramente definidos que era indispensable guardar y respetar con celo. Nunca olvidó que la ley más universal de lo que llamamos mundo es el principio de que todo cambia, hasta la naturaleza misma. Y que en el desenvolvimiento de la sociedad los cambios se pueden oler,  saborear y ver incluso  en el transcurso de una vida. Y que tal vez en el acontecer político los cambios pueden hacerse más cercanos porque, especialmente en nuestro tiempo, las actitudes y expectativas de la gente son medidas casi como el pulso de un enfermo por los sondeos de opinión.

Y porque para Rigoberto Henríquez Vera siempre existió la consciencia sobre esta realidad  lo cual está testimoniado en el contenido de su principal obra escrita “De la tiranía a la democracia”, apelando a la jerga jurídica de los abogados  pueden ser incorporados a los autos como apoyo de la idea que nos guía algunas expresiones del ensayo que Manuel Caballero  tituló “Cuatro apuntes sobre los partidos” escrito y publicado a comienzos de estos años 2000. Este autor comenta que en 1936 recorría a Venezuela una voz que decía: ”hay que acabar con la más espantosa lacra de la tiranía, la corrupción, y al mismo tiempo dar al pueblo la ocasión de expresarse a través de elecciones generales sin trabas”. Comenzaron entonces a aparecer en el país los partidos políticos para atender el llamado de la aleccionadora voz. Sesenta años después, en la década de los noventa del siglo pasado, continúa el historiador, otra vez “una sola voz recorre a Venezuela: hay que acabar con la espantosa lacra de la democracia, la corrupción, y al mismo tiempo dar al pueblo la ocasión de expresarse a través de elecciones generales sin trabas (es decir, sin partidos)” (Cf. M. Caballero en Revolución, reacción y falsificación, Editorial Alfa, 2007, 2ª edición). Sobre la indigestión colectiva producida por esta última afirmación se levantó en el país la virulenta reacción de la antipolítica que nos condujo al autoritarismo militarista que desde hace dieciocho años domina  al país.  

Hoy podría decirse que la misma voz que recorría a Venezuela en 1936 desanda otra vez  las ciudades y campos del país con los mismos reclamos de entonces frente a la tiranía. Sin embargo, conturba el ánimo y confunde a los espíritus encontrar en este tiempo sin democracia patéticos resultados en las investigaciones sobre la opinión pública de los venezolanos. Ha caído sin posibilidad de reversión el indicador que le permitió al régimen presumir durante dieciséis años de un carácter democrático que nunca ha tenido. Una mayoría aplastante de la colectividad lo condena. Sin embargo, al mismo tiempo la opinión nacional es severa frente a la opción que representan los partidos democráticos. Va tomando fuerza en el ánimo de la colectividad una tendencia que al mismo tiempo que rechaza al régimen autoritario no libera de obstáculos el camino de regreso a la democracia. ¿Qué ha pasado? Simplemente que a nuestra sociedad se le olvidó registrar los cambios que ha sufrido y a los partidos políticos democráticos se les olvidó cambiar.  

Si de verdad queremos honrar en este día y en los que vendrán la memoria de un político y de un hombre de partido como Rigoberto Henríquez Vera hay que impulsar y realizar entre los demócratas, sin perder más tiempo, un cambio fundamental, hay que poner la política por delante incluso de las elecciones. En los Estado democráticos las elecciones son la parte instrumental de la política, seguramente la parte más importante pero los comicios más democráticos no son y no pueden ser toda la política. Claro que es importante escoger democráticamente a un candidato a Gobernador, a Alcalde o a Presidente de la República pero mucho más importante es poder determinar y saber de antemano para que se escogen. 

Y cuando se trata de cambiar a un régimen no basta con tener en la mano las evidencias de su impopularidad, de su incompetencia o de su crueldad pues se han dado casos de  pueblos que han estado dispuestos a cambiar su libertad para ser dirigidos por quien los despolitiza a cambio de la promesa temporal de sosegar el hambre y garantizar así sea bañada en sangre la seguridad. Reflexionemos todos sobre lo que hemos dicho esta tarde y pidámosle a los partidos que lo hagan. Tal vez entonces podamos encontrar el hilo de Ariadna que nos permita salir del enredo en el que nos encontramos sin tener que repetir, otra vez, la trágica experiencia que Venezuela y otros pueblos de la América Latina han vivido por culpa de la ceguera política o el empeño en darse codazos para llegar primero a una volátil meta. En homenaje al sabio manejo que Rigoberto Henríquez Vera sabía hacer de los altibajos de la política, reconozcamos todos que en la coyuntura actual el problema no es la MUD. El problema está en los partidos que integran la MUD.

Buenas tardes