sábado, 9 de julio de 2011

Autonomía y democracia en la universidad del siglo XXI (*)

Foto: H. Ruiz
Dr. José Mendoza Angulo (**)
Ex –Rector de la 
Universidad de Los Andes (Venezuela)

Introducción

Se nos ha pedido nuestra opinión sobre el tema “Autonomía y Democracia en la Universidad del siglo XXI”. De ese sujeto tan amplio vamos a presentar consideraciones breves sobre algunas peculiaridades atinentes a la naturaleza de la universidad autónoma. Y lo haremos, además, evocando la expresión, llena de sabiduría, del Rector Salmantino, Don Miguel de Unamuno, quien solía decir que “hace falta que se repita a diario, lo que a diario, de puro sabido, se olvida”. La verdad es que no nos atrevemos a intentarlo sin comentar, así sea a vuelo de pájaro, una cierta opresión que sentimos en nuestro espíritu y sobre la cual no disponemos de una respuesta que nos sosiegue completamente. 



Como lo recordaba en estos días Fernando Savater (1), en más de una encrucijada del largo camino de la historia se ha planteado el debate entre lo antiguo y lo moderno. “Los adversarios (han sido y) son quienes creen en la superioridad de los grandes autores del pasado sobre los del presente frente a los que sostienen la primacía opuesta” (2). Tenemos la impresión de estar viviendo, no solo en Venezuela por cierto y a propósito de la universidad, una reedición de ese debate. Como parte del mismo se escuchan y se leen opiniones y puntos de vista que “consideran a la universidad como centro del saber por el saber, una desgastada torre de marfil” (3). Ciertamente, como sostiene Savater, “la maniática reverencia por autores de siglos pasados cree que ellos nos brindaron soluciones eternas a los problemas y se parece a la fe de quienes encuentran en la Biblia todas las respuestas” (4). Peor todavía, añadimos nosotros, es el empeño de postular una apertura a la modernidad de instituciones como la universidad a partir de ideas, proposiciones y esquemas metodológicos que se disfrazan de actualidad pero que ocultan su identificación en tesis del pasado que no pudieron sobrevivir, sino como restos fragmentarios, su fracaso histórico.
   Por ello, nuestra perspectiva partirá de aceptar el principio de que todo en la vida está sometido a un incesante proceso de cambios pero que, en definitiva, “no se puede mirar el fondo de la actualidad, sin mirar antes el fondo de la historia” (5) pues “es imposible entender a nuestros contemporáneos si se ignoran las inquietudes de las que son herederos” (6).


   1.- El ABC que no es posible olvidar o desconocer

Si nos atenemos al testimonio de los más autorizados historiadores de la vida universitaria universal, probablemente no tengamos inconveniente en aceptar que el hecho educativo que llamamos universidad es una realidad desde hace ya casi un milenio. Ahora bien, apresurémonos a decir, antes de cualquier otra consideración, que ese hecho educativo  no deriva su entidad, ni su razón de ser, de la circunstancia de recibir ese nombre. La palabra “universidad” precedió en varios siglos, en las lenguas vivas de su tiempo el nacimiento de las instituciones universitarias. Cuando surgieron los primeros centros de educación superior no recibieron el nombre de universidad pues esta palabra no existía con ese significado o connotación, sino el de “estudios generales”. La palabra “universidad” se formó en el latín en el transcurso del último siglo anterior al comienzo de la era cristiana, e indicaba, entonces, “totalidad”, “conjunto”, “comunidad”. Antes de que los estudios generales empezaran a llamarse “universidad”, varios de los gremios que surgieron en la Edad Media recibieron el nombre de universidad, entre los que figuraban el de los profesores o maestros y el de los estudiantes. El gremio de los maestros se llamó “universitas magistrorum” y el de los estudiantes “Universitas studentium”(7). Y fue la reunión formal de esos dos gremios lo que le dio el nombre a lo que hoy llamamos universidad y no al revés como corrientemente se piensa.

Todo esto lo que significa es que la universidad, en tanto que institución y realidad tangible, es mucho más que una palabra, que una denominación. Con el perdón de ustedes por la cacofonía y el pleonasmo que vamos a emplear, una universidad no es una universidad simplemente porque se llame universidad. Como ya ha quedado dicho, antes de la denominación de “Universidad” fue la denominación de “estudios generales” y, modernamente, muchas universidades que lo son de verdad, no son universidades por como se llaman sino por lo que hacen. Y, al revés, hoy existen, en el mundo y en Venezuela, numerosos institutos con el nombre de universidad pero que, sin embargo, en la realidad, no son universidades.

La “universidad” no puede, tampoco, ser identificada, por lo menos en nuestros días, con un sitio, una edificación o un espacio. Hoy, gracias a las modernas técnicas de la comunicación y de la información, puede incluso hablarse de una universidad virtual, es decir del producto de una relación inmaterial e indirecta entre quienes enseñan y quienes aprenden, relación de la que apenas son testigos mudos los equipos inanimados empleados con ese propósito. La universidad no es un espacio, simplemente está, o puede llegar a estar, en un espacio. La existencia de unas aulas, de unos laboratorios y de unas oficinas, solo son, en verdad, las muestras de la maravillosa metamorfosis de la que da cuenta la historia de las instituciones de educación superior.

Seguramente basados en las observaciones  que preceden, los redactores de la Ley de Universidades promulgada en Venezuela en 1958 consagraron la primera disposición del texto legal a definir a la universidad como “una comunidad de intereses espirituales que reúne a profesores y estudiantes en la tarea de buscar la verdad y afianzar los valores trascendentales del hombre”. Pues bien, esta es, casi palabra por palabra, la misma definición que hace 800 años diera el Rey Alfonso El Sabio (1221-1284) en la Ley Primera del Título XXXI, de la Segunda de sus famosas Siete Partidas, cuando señalaba que universidad o “estudio es ayuntamiento de Maestros e de Escolares que es fecho en algún lugar, con voluntad e entendimiento de aprender los saberes”.

Este es el sentido propio de lo que ha sido, es y seguramente será la universidad, es decir, esa peculiar comunidad de profesores y estudiantes, en la que el componente principal de la ecuación, el profesorado, produce, conserva, consolida, profundiza y trasmite los saberes de los que es custodio o facilita la información sobre ellos, y el estudiantado los recibe, los asimila y los disemina al aplicarlos. Todo dentro de un proceso complejo que, al final, se refleja, o debe quedar reflejado, en el progreso de las sociedades en las que la universidad se desenvuelve. Ahora bien, y sobre todo en lo países de menor desarrollo relativo, gracias al hecho del crecimiento de las universidades y al requerimiento de recursos humanos adicionales que tienen a su cargo las tareas  que complementan el trabajo de los componentes básicos de la actividad universitaria, ha venido tomando cuerpo y forma un sentido impropio de la comunidad universitaria al incorporarle elementos que, por definición, no forman parte de ella. Y en algunos casos esta desviación se ha agravado en virtud del agregado de la nociva mezcla de la ignorancia con la demagogia, como ha ocurrido en Venezuela en la oportunidad de sancionar la vigente Ley Orgánica de Educación, en virtud de la cual y en franca violación de los conceptos y del precepto constitucional, al menos en nuestro país, los componentes de la comunidad universitaria, vale decir de la universidad, además de los profesores, los estudiantes y los egresados, son también, a partir de 2009, el personal administrativo y obrero. Ser  universidad, es decir, ser parte de la comunidad de saberes que integran profesores, estudiantes y, en el caso latinoamericano, los egresados, es una cosa. Estar asociado a la universidad, trabajar en ella, sin ser parte constitutiva de la actividad académica, es otra cosa muy distinta. El trabajo de apoyo a la comunidad universitaria, con todo y recibir sus prestatarios los beneficios intangibles de un esfuerzo que enriquece el espíritu y aún siendo considerado y tratado con la mayor dignidad, no convierte al conglomerado que lo presta en parte de la universidad.

Otro rasgo especial y esencial de esa peculiar comunidad que es la universidad (por supuesto cuando se trata de las universidades verdaderas), es el de ser creadora, preparadora y formadora de las fuerzas productivas más dinámicas de la sociedad, vale decir el conocimiento científico junto con sus aplicaciones tecnológicas y los recursos humanos para manejarlos y convertirlos en progreso social. Desde esta perspectiva corresponde reconocerle a la universidad, primero, la capacidad para promover e inducir cambios sociales por conducto de la ciencia que crea y divulga y por intermedio de las habilidades con que dota a los seres humanos que forma; segundo, la propiedad de no ser un receptáculo pasivo y unidimensional de las influencias de la sociedad en medio de la cual existe y del estado del que es parte constitutiva.

Estas apreciaciones acerca de la naturaleza de la universidad nos permite rebatir la tesis de que en las sociedades integradas por grupos humanos con intereses distintos (que son, en definitiva, todas las sociedades), el trabajo que adelanta la comunidad de profesores y estudiantes fatalmente termina subordinado y al servicio de los sectores sociales dominantes por efectos ineluctables del influjo de leyes sociales frente a las cuales nada podemos hacer. Y con la misma fuerza argumental puede rechazarse la afirmación de que la intervención del estado en la vida interna de las universidades es la garantía de la salvaguarda de unos ignotos intereses generales y superiores que los egoísmos particulares e inferiores tienden a desconocer. De aceptarse estos absurdos puntos de vista sería imposible explicar por qué las mejores universidades del mundo se encuentran en las naciones donde los intereses privados conviven con el interés público y donde el estado ha circunscrito su acción al ámbito, cada vez más estrictamente limitado, de las funciones que todo el mundo le reconoce como de su exclusiva competencia.

Desde otro ángulo de aproximación al tema que nos ocupa, es preciso subrayar que la comunidad de intereses espirituales que es la universidad no puede ser mecánicamente asimilada a la comunidad de hombres y mujeres que constituye la sociedad de un estado y a cuyos componentes la ficción política democrática iguala dentro de ciertos límites y para determinados fines. Las comunidades universitarias son, por definición, diferenciadas y jerarquizadas pero de manera diferente a la diferenciación y jerarquización que se establece en el resto de la sociedad. El principio de diferenciación y jerarquización en el seno de la comunidad universitaria no deriva de las posiciones económicas, sociales o políticas que sus integrantes tengan en la sociedad sino de sus relaciones con el saber, con el conocimiento científico y con la experiencia en este campo.


 2. Autonomía y democracia en la universidad.

La autonomía es un atributo que acompaña a la universidad desde su aparición como hecho educativo. Es un fuero institucional cuya necesidad se sintió al apenas conformarse los iniciales centros de educación superior. Primero, porque en los comienzos, los intereses que dieron nacimiento a la universidad fueron de carácter privado, aún cuando el móvil no haya sido el provecho mercantil. En efecto, se trató, o bien de personas con capacidad económica y madurez suficiente como para adquirir la convicción de conquistar, por su propia iniciativa, una formación cultural o profesional del más alto nivel que era posible obtener para la época y que desde distintas naciones se acercaran a lugares como Bolonia en donde residían verdaderos maestros con disposición de trasmitir sus saberes a quienes se interesaran en  ellos, que por esta vía llegaron a formar la  “universitas estudentium”, universidad de los estudiantes. O bien, adoptada por clérigos, dentro de la iglesia, la iniciativa de impartir enseñanzas a quienes mostraran su disposición de someterse a tan exigente tarea. Fue la “universitas magistrorum”. En ambos casos, la protección que se reclamó y que se consiguió rodeó a la universidad de una seguridad relativa que le permitió funcionar sin los riesgos a los que al comienzo estuvieron sometidos sus integrantes. Segundo, porque el tipo de trabajo intelectual que se desarrollaba en la universidad requería de un clima espiritual que garantizara a maestros y estudiantes el examen sin trabas de todas las ideas, el conocimiento y traducción de infolios importantes o el aprendizaje de oficios que en no pocas ocasiones desafiaban los criterios y valores predominantes en la sociedad o en venerables instituciones.

Cuando la universidad llegó a ser una realidad consolidada y se hizo, además, pública, vale decir instituida por el papado y las monarquías, el trabajo académico requirió de una autonomía que se expresaba tanto en respeto a su funcionamiento interior por parte del estado y de la iglesia, como en garantías del financiamiento de las actividades universitarias. Y cuando los principios de la democracia hicieron acto de presencia como soporte ideológico del trabajo académico, la autonomía se convirtió en la condición  que debía darse para la  existencia de verdaderas universidades. Como no resulta difícil constatar, la autonomía pasó, a lo largo de la historia universitaria, de ser un fuero pasivo a una potestad activa en virtud de la cual, como dicen los textos constitucionales y legales, la universidad, además de contar con un recinto inviolable (advertencia básicamente dirigida a los excesos de intervención de la fuerza pública), tiene la capacidad de organizarse internamente, formular sus propios planes y programas, dictar sus normas y administrar su patrimonio. Es pertinente subrayar de una vez que aún cuando la dependencia financiera universitaria del estado no impide su autogobierno, hace de la autonomía una realidad precaria cuando llegan a exacerbarse las contradicciones políticas y las universidades y los gobiernos terminan enfrentados.

Desde la perspectiva del presente podemos añadir por otra parte que la autonomía universitaria no es un fin en si misma (8). Es más bien un medio, un conjunto de condiciones para el trabajo académico, pues este requiere garantías inexcusables de libertad y de respeto, de estabilidad y seguridad. Es que la autonomía se convierte, dadas ciertas condiciones, en una necesidad de la dinámica de la educación superior. El organismo educativo que hace de la ciencia el centro mismo de su actividad, madura la necesidad de su propia autonomía. Ahora bien, una vez alcanzado el status autonómico, las instituciones que lo disfrutan y las comunidades que lo viven deben hacerse a la idea de que solo una actitud crítica permanente, un espíritu cuestionador vigilante y una disposición anímica favorable a la superación constante de las fallas y deficiencias, pueden evitar los puntos de estrangulamiento, los vicios y los obstáculos a la realización de un trabajo científico y formador de recursos humanos cada vez mejor. El problema radica en que del mismo modo que la autonomía se impone, a su tiempo, como una necesidad, imperceptiblemente, por ser la universidad una comunidad humana que va creando entre sus integrantes intereses de diversa índole, por establecer jerarquías y organizaciones jerarquizadas, por consagrar estructuras que el transcurso del tiempo parece eternizar, por fetichizar valores, hábitos y creencias, las instituciones universitarias autonómicas tienden a un cierto grado de conservatismo y se hacen refractarias a los cambios. Se presenta, entonces, con frecuencia, en los componentes del mundo universitario, una contradicción entre una inagotable capacidad para cuestionar, criticar y negar el mundo externo que los rodea, frente a la incapacidad para adoptar la misma actitud con respecto a los elementos internos del sistema.

En síntesis, y pensando en la universidad de nuestros tiempos, la autonomía es la condición básica para el funcionamiento de la democracia universitaria, es el “medio ambiente” para el ejercicio de esa democracia. Pero, por  razones implícitas en ese hecho, la democracia en la universidad no puede y no debe ser un calco, ni conceptual ni jurídico, de la democracia como se practica en los estados (9).

A la democracia universitaria no se le puede aplicar, al menos en sentido estricto, la caracterización lincolniana de que es “el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”. Entre otras razones porque en sentido ampliado o figurado, ¿cuál es el pueblo en la universidad? ¿Cuál es el “pueblo universitario”?. Los reformistas de Córdoba, en 1918, cuando reclamaban, para la universidad argentina, un gobierno “estrictamente democrático” sostenían que el “demos universitario, la soberanía, el derecho a darse el gobierno propio, radica principalmente en los estudiantes” (10) aún cuando  hablaban de los tres órdenes o estados universitarios: profesores, estudiantes y egresados. Seguramente alguien de entre el liderazgo que impulsaba la reforma de Córdoba encontró en el registro histórico de la primera universidad reconocida desde el siglo XI (1088), la de Bolonia, que había sido una universidad de estudiantes, una “universitas studentium”, con un estudiante como Rector, el antecedente no correctamente interpretado para hacer del estudiantado el demos de la universidad. El planteamiento de los estudiantes cordobeses, formulado cuando el mundo se estremecía por los efectos de la gran guerra  y se iniciaba el siglo de los totalitarismos, con el toque propio de la espiritualidad de Latinoamérica, sonaba y era una proposición revolucionaria pero, y este es un rasgo demasiado importante como para silenciarlo u omitirlo, el contenido de la propuesta se ubicaba dentro de los límites del concepto de universidad, aquella comunidad de saberes como la había definido Alfonso El Sabio. Con todo y ser discutible el alcance de la proposición estudiantil de 1918, su perspectiva fue muy diferente de la de quienes hoy, estirando más de lo debido términos y expresiones que no son inequívocos, postulan  que el “pueblo universitario”, si es que metafóricamente fuese admisible esta expresión, es el mismo pueblo de la nación.

La democracia en la universidad, como ambiente espiritual de las actividades académicas y como pegamento de los distintos componentes de la organización universitaria, es una característica institucional mucho más nueva que la autonomía y conceptualmente tiene un contenido particular que la emparenta más con las peculiaridades de la actividad universitaria que con la práctica de la democracia en las sociedades humanas. Pero, además, permítasenos advertir que aún cuando de democracia, de repúblicas y de estados se habla y se teoriza desde los tiempos de las antiguas culturas griega y romana, el moderno concepto de democracia es un producto civilizatorio relativamente reciente. Más aún, podemos decir que como forma de organización política de los estados es un proceso todavía inacabado que se abre campo, a veces con violencia, en los más diversos lugares de la tierra. La teoría de la democracia moderna, tal y como la presentó Alexis de Tocqueville (11) y que los demócratas de prácticamente todo el mundo todavía están empeñados en edificar, apenas se acerca a los doscientos años de su formulación y el mundo universitario latinoamericano, primero que todos los demás, se lo propuso, como lo dijimos más tras, hace apenas noventa años. Mientras que la autonomía es tan vieja como la universidad y el paradigma básico de la enseñanza en la universidad es prácticamente el mismo desde hace más o menos 700 años, la “democracia universitaria” es apenas el componente más reciente del hábitat académico.

En la democracia, en tanto que sistema político más plausible para las sociedades organizadas, se hace más énfasis en el principio de la igualdad que en los otros elementos que la componen. A los ciudadanos se les iguala a la hora de reconocérseles el derecho de escoger a sus representantes o de tomar decisiones que conciernen al conjunto de la colectividad y aún cuando estas decisiones no sean unánimes el hecho de haber sido adoptadas por mayoría le dan validez para la totalidad de la sociedad. En la democracia universitaria el énfasis está centrado no en la igualdad sino en la libertad. Es que en la sustancia de la actividad académica que es el conocimiento, la aproximación a la verdad no se puede resolver con “votos” ni siquiera entre pares. Esta es la razón primera que explica por qué motivos todas las personas que conviven en la universidad no son parte de ella y por qué razón los integrantes de esa comunidad particular que es la universidad no son iguales. Las instancias de dirección de la universidad se ocupan o deben ocuparse de lo académico y también de lo político en la medida en que la institución cumple sus misiones sociales, pero al introducir en la vida universitaria el rasgo más identificatorio del régimen democrático de los estados, que es la igualación mediante el voto de quienes son y de quienes no son parte integrante de la universidad, precipita a la dirección de ésta y a toda la institución hacia la política, vale decir hacia el partidismo, e inescapablemente hacia la ingobernabilidad, desvirtuando su naturaleza académica.


3. ¿Conceptos obsoletos frente a los retos del futuro?

Ahora bien, estos atributos de la universidad latinoamericana y de buena parte del mundo civilizado ¿podrán conservar su vigencia de cara a los retos del futuro, o las universidades del mañana serán otra cosa? Nos cuesta imaginar que el trabajo científico y que la actividad académica puedan llevarse a cabo, creadoramente, en un ambiente en donde no se reconozca la libertad. Y nos parece una contradicción sin sentido pensar que la vida humana pueda quedar aprisionada por los avances del conocimiento y de la tecnología pues estas existen para ayudar a  la liberación del ser humano. No obstante, nos sentimos obligados, cuando menos, a referir algunas de las interrogantes que se han planteado a propósito de estos asuntos.

Hace apenas unos años, cuando nos acercábamos al año 2000, Jamil Salmi, Coordinador del Grupo Temático sobre Educación Superior del Banco Mundial, comenzaba un interesante artículo en los siguientes términos: “Imagine una universidad sin edificios o aulas, e incluso sin biblioteca. Imagine una universidad a diez mil kilómetros de distancia de sus estudiantes. Imagine una universidad sin departamentos académicos, sin exigencia de cursos, grados o títulos. Imagine una universidad abierta las 24 horas del día, siete días a la semana, 365 días al año. Imagine una universidad que otorga el grado de licenciado en Estudios Individualizados o Estudios Interdisciplinarios, con un catálogo de más de 4.000 materias diferentes. Imagine una universidad dispuesta a reembolsar los gastos a sus estudiantes si no encuentran un trabajo adecuado dentro de seis meses después de su graduación. Imagine un sistema de educación superior en el cual las instituciones no son clasificadas por la calidad de sus profesores, sino por la intensidad de sus conexiones electrónicas y de internet. Imagine un país en el cual el mayor número de divisas proviene de la exportación de servicios de educación superior. Imagine un país socialista que cobra pagos de matrícula según las tarifas de un mercado común para recuperar el costo completo de la educación superior. ¿Estaremos entrando en la esfera de la ciencia ficción? ¿O son estas evocaciones historias de la vida real sobre la revolución en el mundo de la educación superior en la víspera del siglo XXI?” (12).

El problema es que ya el futuro no es cuestión de ciencia ficción. Sostiene Sergio Melnick (13), chileno PhD en Planificación e Investigación del Futuro de la Universidad de California que “en este siglo se da una curiosa paradoja: el largo plazo parece más predecible que el corto plazo”. Que ya se sabe, por ejemplo, que la población del mundo se estancará alrededor de los 10.000 millones de habitantes para el año 2050; que la esperanza de vida llegará a los 120 años; que habrá conexión directa del cerebro a las máquinas y a Internet; que la capacidad computacional será un servicio como es hoy la electricidad; que la robotización llegará al hogar; que las máquinas aprenderán a identificar emociones, y que las mujeres tendrán tanto el poder económico como el de la conducción de la sociedad en la segunda mitad de este siglo. Sabemos, continúa, que el conocimiento se duplica cada 3 0 4 años y que el desafío es su gestión, no su acumulación. Por ende, termina, el tema es de síntesis y de acceso a parte del lenguaje post-simbólico, que es un elemento básico para la educación de este siglo, cuando seguimos con escuelas que son hijas de la imprenta del siglo XVI.

En la estupenda edición aniversaria de El Universal con motivo de arribar a sus 102 años de fundación, el compatriota Luis Emiro García, uno de los Vice-Presidentes de la Universidad Full Sail de Florida, preguntado acerca de cómo ha evolucionado la educación desde la llegada de Internet, respondió que “ha evolucionado en varios aspectos. Primero, los materiales educativos de apoyo, como los libros, ya no son la fuente de la información que solían ser. Hoy día, la información más variada y actualizada no está en los libros sino en Internet. Segundo, los estudiantes han asimilado el concepto de buscar y sintetizar información proveniente de Internet. Tercero, inevitablemente el rol del profesor ha cambiado drásticamente. El modelo educativo donde el profesor es el dueño de la información ya no es válido. El profesor ahora es un facilitador de la información y del proceso de aprendizaje” (14).

Sin embargo, tratando de buscar un punto más o menos equidistante entre el pasado casi milenario de la universidad y su futuro, la UNESCO, en la “Declaración mundial sobre la educación superior en el siglo XXI”, formulada con motivo de la Conferencia Mundial sobre la Educación Superior en el siglo XXI, celebrada  en Paris en 1998, registró el hecho de que la segunda mitad del siglo XX pasaría a la historia de la educación superior como la época de expansión más espectacular (en el mundo el número de estudiantes pasó de 13 millones en 1960 a 82 millones en 1995) pero  que “dado el alcance y el ritmo de las transformaciones (y el hecho de que) la sociedad cada vez tiende más a fundarse en el conocimiento…… la propia educación superior ha de emprender la transformación y la renovación más radicales que jamás haya tenido por delante” (15). Pero, al referirse en el artículo 2 de esa Declaración a la “función ética, autonomía, responsabilidad y prospectiva”, de conformidad con la Recomendación relativa al personal docente de la enseñanza superior de 1997, la UNESCO pauta que los establecimientos universitarios deberán “disfrutar plenamente de su libertad académica y autonomía, concebidas como un conjunto de derechos y obligaciones siendo (sic) al mismo tiempo plenamente responsables para con la sociedad y rindiendo cuentas”. Todo, por supuesto, como lo dice el artículo 12 de la misma Declaración, sin olvidar “que la nueva tecnología de la información no hace que los docentes dejen de ser indispensables, sino que modifica su papel en relación con el proceso del aprendizaje, y que el diálogo que transforma la información en conocimiento y comprensión pasa a ser fundamental”.


CONCLUSION

Con toda certeza podemos decir que al lado de la universidad tradicional, renovada y que no va a desaparecer, se consolidará otra que el futuro en marcha apenas nos comienza a mostrar pero que, como con buen sentido de la realidad lo proclama la UNESCO, la autonomía y la libertad universitarias se mantendrán como atributos de la universidad del siglo XXI. Y que las tribulaciones y perturbaciones que actualmente nos preocupan y nos reúnen, por ejemplo a los venezolanos, en el mejor o en el peor de los casos según como se mire, serán  accidentes pasajeros que no impedirán, llegado el momento, retomar la línea maestra que traza la historia de la cultura y de la universidad. De todas formas, deberíamos poner la mirada en el hecho de que dentro de siete años se cumplirá una centuria del Movimiento de Córdoba y sesenta años de la promulgación de nuestra Ley de Universidades y que esa sería una buena ocasión, si la pensamos y planificamos desde ahora mismo, para convocar, con el mismo nombre de este encuentro, un gran Congreso Universitario Nacional que pase revista a lo que ha ocurrido en el mundo universitario venezolano desde entonces y perfile las metas que deberíamos trazarnos para no perder  un tren que ya inició su marcha. Que  no lleguemos tarde, otra vez, al nuevo siglo.



NOTAS
(*) El título original es: Autonomía y democracia en la universidad del siglo XXI. Sobre la especificidad de la universidad: algunas peculiaridades atinentes a la naturaleza de la universidad autónoma.




(**) Exposición en la Universidad Católica Andrés Bello, el 7 de junio de 2011, en el encuentro “La          Universidad Venezolana en el siglo XXI.

(1) El Pais, España, 05/04/2011.
(2) Loc. cit.
(3) Loc. cit.
(4) Loc. cit.
(5) Epígrafe que preside la obra de A.L. Cárdenas El concepto de universidad: origen y evolución, Mérida (Venezuela), Universidad de Los Andes, 2004.
(6) Savater, F.:  Loc. cit.
(7) Cárdenas, A.L.: Ob. cit., p. 24
(8) Cf. Mendoza A., J.: Proyecto para una crisis (crítica a la universidad populista), Mérida (Venezuela), Universidad de Los Andes, 1983.
(9) Cf. Mendoza A., J.: Por la democracia universitaria, Mérida (Venezuela), Universidad de Los Andes, 1970.
(10) Munizaga A., Roberto: La universidad latinoamericana, Mérida (Venezuela), Ediciones del Departamento de Pedagogía de la Facultad de Humanidades y Educación de la Universidad de Los Andes, s.f. (Mimeografiado), p.43. Cf. Del Mazo, Gabriel C.:Estudiantes y Gobierno Universitario (Bases doctrinarias y técnica representativa en las universidades argentinas y americanas), Buenos Aires, “El Ateneo”, 1946.
(11) Tocqueville, Alexis: La democracia en América, México-Buenos Aires, FCE, 1957.
(12) Salmi, Jamil: “La Educación Superior en un punto decisivo”, Banco Mundial.
(13) Melnick, Sergio: “La paradoja del siglo XXI”, http://www.capital.cl/saca-la-voz/la-paradoja-del-siglo-XXI-2.html).
(14) Gómrz, Robert Andrés: “La oportunidad de la educación en línea”, entrevista a Luis Emiro García en El Universal, Caracas, 16/05/2011, Edición Aniversaria, Cuerpo 8, p. 8-10.
(15) UNESCO: Declaración mundial sobre la educación superior en el siglo XXI: visión y acción, Paris, 1998.