jueves, 11 de noviembre de 2010

Néstor el que se recuerda, y su amigo


Humberto Ruiz
Reproducción: H. Ruiz 
Evoco a Néstor sentado en su mecedora de mimbre y a su lado derecho, la pequeña mesa  rodante, que utilizaba para colocar el trago doble, muy doble, de su whisky favorito.

Fue un hombre sencillo con una admirable  capacidad  para entender lo esencial de cada momento de la vida. Muchas son las anécdotas  y frases lapidarias que evidenciaban esa cualidad, no siempre presente  en el común de los mortales.

Uno de sus amigos más cercano decía  que admiraba  la inteligencia que tenía, para encarar la vida: “Cumple cabalmente con su labor, nunca me trae problemas  y siempre es capaz de encontrar una solución viable, incluso en los momentos más complicados”.  Pero, en su criterio, tenía un gran defecto: “no le gusta trabajar” y ello era un gran mérito, pues trabajó toda su vida.  

Néstor se defendía: “el trabajo es tan fastidioso que le pagan a uno para hacerlo”.  Y es que su amigo era lo que hoy se conoce como “workaholic”, adicto al trabajo.  Había diferencias en la percepción de la vida entre ambos hombres.

El amigo de Néstor trabajó mucho y lo hizo bien. Desde su juventud, cuando estudiaba medicina, en sus primeros años de carrera,  hasta que se graduó, siempre  atendió pacientes. Por supuesto, se graduó y llegó a ser un hombre con una muy buena clientela y una gran holgura económica. Iba a trabajar a la clínica, incluso los domingos. Y se dio los gustos que siempre quiso: tener el mejor caballo y el mejor vehículo, que  pudiera comprarse en los lugares donde vivió. Primero lo hizo en Mérida y luego en Caracas, donde finalmente murió hace unos años. Vivió feliz, haciendo lo que siempre le gustó: trabajar.

Néstor también se graduó en la Universidad, pero estudió toda au carrera en Caracas. En un momento de su vida, entendió que era imposible atender, con la dedicación necesaria, los estudios en su natal Mérida. Eran muchos los amigos y harta la parranda.  Se fue a la capital  y se mantuvo con las rentas que le ofrecían las propiedades de la herencia de su padre.  Tuvo tres metas en ese entonces. Estudiar, graduarse de dentista y comprar el instrumental para volver a su ciudad. Trabajar allí era su sueño.  Dejó encargada a una de sus hermanas mayores,  que le remitiera  la mitad de sus rentas y mantenerse con ellas en Caracas.  Antes de irse  le hizo la siguiente acotación: “Lola, no me envíes más que la mitad de los alquileres, así te ponga un telegrama diciendo que estoy a punto de morir. Deja lo otro para cuando termine la carrera”.  Así fue.  Se graduó en la Escuela de Dentistería de la Universidad de Caracas en la promoción de 1936 y regresó a su ciudad natal.

Como  su amigo, Néstor también se casó. Pero a diferencia de él tuvo tres hijos y su esposa fue una pamplonesa,  quien contaba que al verlo por primera vez, conversando en una esquina de Mérida, le dijo a su acompañante: ¡Con ese hombre me voy a casar! Y así fue efectivamente. En su viaje de luna de miel fueron a Caracas y se tomaron una foto con el famoso fotógrafo “Torito”, que acompaña esta nota.


Tanto Néstor como su amigo mantuvieron muchos amigos y Néstor siempre se dio tiempo para la conversación, la parranda y las fiestas. En este aspecto había una diferencia fundamental entre ambos.

El rango de los íntimos de Néstor iba desde los habitúes del Club Mérida primero y luego del Country Club, hasta quienes lo acompañaban en los sancochos, organizados  en la lavandería del chino Ramón Tan, cerca de la cuesta de Barinitas. En contrario, el amigo de Néstor era mucho más selecto y compartía exclusivamente con los de su mismo círculo social.  Néstor disfrutaba las tertulias con su compadre José, vendedor de telas al detal en el comercio local. Y también, departía interminablemente con Ovalles,  “Tabaco”, y  una pléyade de personajes, desde lo más encopetado hasta lo más humilde de la ciudad.

Néstor vivió toda su vida  en Mérida, al menos de adulto, salvo los años de sus estudios en Caracas.  En cambió su amigo, nació en Valera, pero sus años de infancia y juventud los pasó en Maracaibo y luego fue a vivir a Mérida para estudiar medicina.  El último año de la carrera la cursó en Caracas,  pues en Mérida no se abrían todos los años los cursos y era común que un año se dictaran en Mérida y al siguiente en Caracas.  Consolidada su vida profesional, el amigo de Néstor,  fue a Londres e hizo una pasantía  en uno de sus hospitales, regresando a Mérida, en donde ocupó importantes cargos en la Universidad. Los últimos años los vivió en Caracas en donde fundó una de las más afamadas clínicas privadas de la capital.

Néstor expresó con frecuencia que, si por alguna razón dijeran que había  que evacuar a Mérida, él no se iría. Si una pitonisa alertase: “un terremoto terrible abrirá el monte Zerpa  y el lago de Maracaibo inundara la ciudad”,  él sencillamente esperaría que el trágico designio ocurriera.  Mientras tanto, sacaría su silla de lona, que le compró a Olmedillo antes de casarse, y se iría  a la Plaza Bolívar, a sentarse y a mirar la Sierra Nevada.  A la espera del desenlace fatídico.  Nada de eso ocurrió.

Estaba convencido que su vínculo telúrico con estas tierras le venía de muy lejos.  Siempre dijo que el primer Ruiz había llegado con Juan Rodríguez Suárez, el fundador de la ciudad, en la segunda mitad del siglo XVI.  Y que, desde ese tiempo, sus descendientes no habían dejado estas tierras.  No iba  a ser él, el primero en partir a otros lares.

Aunque eran contemporáneos, Néstor murió en Mérida casi dos décadas antes que su amigo. Segundos después de expirar, el amigo llamó a los familiares desde Caracas.  Supongo que al despedirse de éste mundo, Néstor pasó a saludarlo, sin que el amigo lo entendiera.

Realmente, nunca he podido comprender la relación tan estrecha entre dos hombres tan distintos.  Durante décadas fueron inseparables, cada uno con su esfera de vida muy particular. Pero, no por ello se hicieron distantes. 

En estos tiempos a la Sierra Nevada de Mérida, poco le queda de sus glaciales. Supongo que Néstor y su amigo estarían entristecidos por  el cambio.  Néstor en su acepción más común quiere decir: “el que es recordado”. Hoy 11 de noviembre de 2010, de estar vivo Néstor, habría cumplido cien años.  Para que no se olvide el hombre sencillo y práctico que fue,  para que sus descendientes lo recuerden y con ellos todo aquel que crea  que vinimos  a ser felices y a dejar una estela que  nos recuerde como hombres y mujeres de bien, son las anteriores remembranzas .  Aprendí con él, a amar esta ciudad, pero tal como  su amigo decía, creo que podría vivir en cualquier otro lugar del mundo. Pero aún sigo anclado en Mérida.  Al concluir debo hacer una última confidencia: Néstor fue mi padre.