domingo, 19 de agosto de 2012

El abuelo Luis


Humberto Ruiz

Para  Daniela, Alejandra, 
Juan Diego, Santiago, Fabiana y
los que vendrán…

La memoria, esa capacidad de los seres vivos que ayuda tanto y a veces da tan malas  pasadas, es una condición que nos permite recordar informaciones y experiencias. Los primeros recuerdos de las personas varían  con la condición personal y la propia historia de cada quien.


Somos tres hermanos, el mayor de nosotros tiene una memoria prodigiosa para los aspectos personales y familiares, que él dice se remontan, a sus dos primeros años de edad. La memoria de mi hermana también es buena. Siempre le pido que me corrija y complemente mis recuerdos. La mía es relativamente corta, muy selectiva y estoy pensando que además, está mas asociada a la capacidad de fantasear que a otra cualidad. Por eso, como mi memoria es tan mala, me la trato de construir de papel. Es decir, escribiendo los recuerdos.

Hacia 1954, nuestra madre tuvo problemas de salud y debió ausentarse de Mérida para buscar  alivio fuera del país.  A los tres hermanos nos dejaron a cargo de dos tías paternas. Son pocos los recuerdo que tengo de esa época. Hoy quiero compartir con nuestros lectores algunos, el primero sobre mi estancia en la guardería del Colegio Fátima.  En ese momento,  la institución ocupaba la instalación que actualmente tiene un ancianato, al inicio de la avenida Urdaneta de Mérida.  Nosotros vivíamos a dos cuadras y media de allí. El trayecto entre la casa y el colegio me parecía larguísimo. Me llevaba a la guardería Venancio, un agradable viejito, de sombrero de cogollo y que usaba alpargatas negras, quien se encargaba de cuidar el jardin, la huerta y de hacer los mandados en Marialola, la solariega y moderna casa de las tías.

Quizás desde ese momento mi interés infantil siempre estuvo pendiente de la figura de las personas mayores, por la sabiduría que mostraban, la capacidades para explicar cosas complejas con sencillez. Y, siendo cálidos, por el tiempo que me dedicaban para atender mis múltiples preguntas. El recorrido  que hacíamos desde la casa hasta el colegio transcurría en medio de arboles frondosos, pájaros que trinaban y el tropiezo con una que otra piedra  que nos encontrábamos en el camino. Eran trayectos que ahora recuerdo con la alegría de quien se siente feliz por la naturaleza y la protección de un hombre que yo veía  anciano, pero que, pensando con la racionalidad que da el tiempo y la madurez,  no debía serlo.

Al regreso de nuestra madre a Mérida, tanto mi hermano mayor como yo nos fuimos a vivir con ella y nuestro padre. Ocupamos un apartamento que alquilaron en la calle 20 en un segundo piso cerca de lo que hoy es una venta de mercerías: La Casa Alicia.  El casero era un hombre que debía tener unos 55 años y habitaba con su familia la parte inferior de la casa de dos pisos.

Al mudarnos  mi madre decidió inscribirme en la escuela regentada por Doña Dolores de Calderón y su hija Ana Dolores.  Allí, como lo escribí hace un tiempo, aprendí a leer y disfruté de mis primeros amigos.

De esos amigos, recuerdo  que todos tenían “nono”.  Es decir,  dado el ancestro similar de casi todos ellos, hablaban de su abuelo, usando el término italiano. Mi fascinación por esos cuentos  me hicieron que preguntara por mis nonos.

Tanto mi madre como  mi padre habían perdido a sus respectivos progenitores muy temprano. El que perdió a su madre desde la más tierna edad fue Papá,  a sus escasos dos años de edad. Por ello, sus recuerdos de la orfandad siempre fueron reiterados  y dolorosos. En fin, no tenía nonos porque había muerto antes que mis padres se casaran.

Pero, siempre es un problema para un niño de cinco o seis años, que escucha a sus amigos  hablar de sus abuelos, hacerle entender que esa figura no exista en su familia.  ¿Cómo resolver la situación?

La salida la di yo mismo:

“¿Mamá no querrá ser mi nono, Don Luis Bastidas?”

-Pregúntaselo a él- respondió inteligentemente mi madre.

Bajé a su casa y sin mediar palabra  le expliqué la situación que me inquitaba y le hice la pregunta: “Don Luis, quisiera ser mi nono?

-Claro Humberto, con mucho gusto puedo serlo- respondió el amable casero.

Así,  cada vez  que los amigos de la escuela hablaban de su nono yo también intervenía y hablaba del mío. No recuerdo si le consultaba a Don Luis o si lo que decía era parte de mis fantasías infantiles. Lo cierto es que también tenía nono.  No recuerdo sus facciones ni nada más de él, pero su nombre no se me ha olvidado jamás: Don Luis Bastidas.

Por lo que a mi respecta, quiero que mis nietos me recuerden hasta que tengan sus propios nietos. Para ellos, la anécdota del abuelo  que se buscó a su nono.