jueves, 17 de enero de 2013

Sólo quería escuchar


Humberto Ruiz


A Nelly…

Alejandro supo la existencia de Álvaro Mutis  cuando leyó El General en su laberinto. La dedicatoria que hace el autor al premio Nobel en el libro no hizo otra cosa que aguzar su curiosidad e interés  por el escritor quien agradece al Gabo por la idea para hacerlo escribir la novela sobre los últimos días del Libertador  Simón Bolívar.

A partir de ese momento, cada libro de Álvaro Mutis que cayó en sus manos fue leído con gusto y hasta con devoción. Bueno, no todos. Alguno de ellos no lograron entusiasmarlo y fueron abandonados al poco tiempo de comenzar su lectura,  junto a los cientos -quizás miles- de libros  que contenía la amplia biblioteca, herencia de su padre. La inmensa biblioteca tuvo su origen en los volúmenes que su abuelo y su bisabuelo –cada uno en su momento respectivo- trajeron a lomo de mula hasta Mérida desde París  al concluir sus estudios de medicina-. El primero cuando clareaba el siglo XX y el segundo a mediados del siglo XIX. Muchos de los libros estaban escritos  en francés o alemán. Por ello,  salvo mirar el año de publicación y la editorial, nada más le llamaban la atención, pues los temas de su profesión estaban  muy alejados de los “incunables” de la añeja biblioteca, como erróneamente los llamaba Alejandro. 

Tenía desde niño una extraña atracción por los libros. Le gustaba el olor que en la biblioteca se percibía. Disfrutaba mirando las colecciones de libros que sabía que eran o habían sido importantes, como por ejemplo los tres ejemplares de los Manuscritos Económicos y Filosóficos de 1844 de Karl Marx, subrayados y con múltiples hojas dobladas  que seguramente  su padre había leído y estudiado con cuidado en sus clases de Economía Política, cuando cursaba Sociología en la Universidad de Caracas. O quizás, la colección de antropología  de Anagrama,  que en uno de los anaqueles, ya  un tanto descolorida, reunía las obras clásicas de autores como: Radcliff-Brown, Goodenough, Malinowski, Morgan, Levi-Straus, Godelir, entre otros muchos.   

Era una biblioteca que nadie quería, a menos que se pensara en venderla para que sus hojas fueran convertidas en materiales más útiles. Sólo Alejandro deseaba esa biblioteca para mantenerla tal y como había crecido. Si le preguntaban no sabría decir por qué la mantenía  en su poder, pese a los múltiples problemas que le generaba.

-No sirve para nada sólo estorba-, le recordaba a cada rato Sofía, su esposa.

 La cantaleta se exacerbaba cada semana cuando debía ordenar a la mujer de servicio que le pasara el  trapo para que la mugre no acabara con los libros y los muebles del estudio. 

Alejandro estaba consciente que la biblioteca se había convertido en una dificultad por sus dimensiones, lo antiguo de la mayoría de los libros, lo variado y desactualizado de los temas.  Pese a ello, en sus tiempos libres, cuando el trabajo de la oficina le estresaba,  se dedicaba  a curiosear y encontraba cosas que, en su más absoluta ignorancia de ingeniero de sistemas, le parecían interesantes o le inducía a leer un ejemplar, como el que le había despertado el interés  por los relatos de Álvaro Mutis.

-Nadie en la familia quiere ese estorbo de libros viejos, ni siquiera para deshacerse de ellos-,  le increpaba con regularidad su esposa.

-Además, sigues maniáticamente comprando libros que, muchas veces tampoco lees. No entiendo esa locura por esos estorbos que no te sirven para nada-,  pontificaba Sofía. Dentro de su filosofía de vida, inspirada por su formación de administradora, no tiene sentido tener libros sin leerlos. Sólo estorban y mucho peor, hacen mugre.

Para Alejandro, no leer un libro, abandonarlo con aburrimiento, rabia o sencillamente por olvido, una vez  adquirido,  era la venganza como lector  frente  al escritor.  Por el contrario, seguir su lectura hasta el final era la máxima compensación, por el gasto incurrido, junto con recomendarlo a quien estuviera dispuesto a escucharlo. Para Alejandro, a pesar de los pocos desencantos con los libros de Mutis, como lector impenitente de novelas y cuentos,  los personajes de Maqroll el Gaviero, Ilona y sus travesías por mares, puertos  y ciudades del mundo le cautivaban. Compartía  con el Gabo su reconocimiento al escritor colombiano, tanto por su agradable escritura rítmica y precisa,  como por sus personajes.

El estante de los libros que se ofrecían en El Ley de Cúcuta mostraba algo que Alejandro no había leído: “La última escala del tramp steamer”. La nota de la contraportada lo llevó, en una sola línea,  del Báltico al Orinoco. La lectura que hizo de la solapa del libro un poco a escondidas de Sofía le recordó la fascinación del hastío por los amores perdidos, común en otras de las obras ya leídas de Mutis. En este caso, acicateaba su curiosidad, el tema de la herrumbre de un barco fatigoso que viaja por puertos insólitos y distantes. Es posible que en ello también le acordase a la biblioteca familiar, literalmente cargada a cuestas, pese al malestar de su esposa.  Todo ello fueron buenas razones para introducir el libro en el carrito de las compras, como quien no quiere la cosa.

Acompañaron al libro de Mutis, pantalones y pijamas para los niños, varias cajas de bocadillos veleños para los abuelos, medias de nylon,  pantaletas y sostenes para las tías y dos botellas de aguardiente para el hermano diabético, entre otras muchas y variopintas mercancías.

Los viajes a Cúcuta habían sido frecuentes en el pasado –para Alejandro y Sofía-  quienes buscaban aprovechar la fortaleza del Bolívar venezolano frente al Peso colombiano.  Ahora las idas eran menos habituales. Sus viajes al Norte de Santander se habían vuelto más raros y cada día eran más cautos para iniciar un periplo terrestre de esta naturaleza, por los frecuentes enfrentamientos entre el ejército y los paramilitares de los que, en más de una oportunidad, habían sido testigos presenciales. El viaje de regreso nunca lo hacían de noche  sino a la luz del día  y sufriendo el tormento del tránsito pesado, de las alcabalas, las requisas de la Guardia Nacional y el calor del sol cucuteño y de la depresión del Táchira ya en tierra venezolana. En esta ocasión, Alejandro y Sofía, tenían  el tiempo a su favor y lo justificaba el reciente pago de un proyecto de una trasnacional explotadora del aluminio que había cobrado  la compañía de Alejandro hacía poco. De tal forma que, el tiempo y las ventajas económicas permitían un apacible fin de semana en el Motel Bolívar.

Casi cinco años habían trascurrido desde la formalización de su matrimonio. La relación era sólida, acaso se la podría catalogar de estable y hasta rutinaria. Muchos gustos y quehaceres eran compartidos entre ellos. Aún algo más, sus satisfacciones eran complementarias, salvo ese raro placer por los libros de Alejandro, en especial por los textos viejos. El viaje de fin de semana  tenía la secreta aspiración de romper el rito sabatino de las compras del  mercado, la lavada del carro, junto con el almuerzo familiar del domingo.

Ese sábado en Cúcuta ocurrió algo alucinante. Alejandro descubrió en Sofía un gusto especial por la lectura en voz alta, que para él resultaba penoso hacerla. Le  recordaban los ejercicios de sus clases de castellano de primaria. De adulto siempre su lectura fue silenciosa.  La imaginación le hacía trasmutar los personajes o simplemente convertirse en uno de ellos.  Leer a viva voz lo intimidaba. Algo peor, muchas veces debía regresar al comienzo del párrafo o del capítulo para retomar el hilo de lo leído.  Un verdadero fastidio. Todo lo contrario le ocurría al escuchar la lectura  realizada por otros. Era una sensación que le llevaba a tiempos pasados y agradables, a las primeras épocas de su niñez. La lectura  en alta voz le recordaba los rosarios del mes de mayo en el Colegio de los Jesuitas y los cuentos que en esas oportunidades, el sacerdote vasco les narraba  sobre la Guerra Civil Española, de la que había sido testigo. También le recordaba los versos infantiles que le declamaba su madre de memoria, antes de dormirse. De la escasa poesía que conocía eran los únicos versos que podía recitar de memoria, los que había escuchado a su madre. La lectura a viva voz le producía un sentimiento de seguridad,  recogimiento y gratitud. Luego de ese día se le agregó, en algunos casos, un grato sobresalto,  profundamente erótico.   

 Ya no había  que más pedir o que más otorgar para transitar por una relación de pareja que había dado todo y tanto, con gozo, sin remilgos ni aspavientos.  Alejandro y Sofía habían pasado  por la etapa de hacer “el amor  una y otra vez, con la  lenta y minuciosa intensidad de quienes no saben lo que va a suceder  mañana”, como decía Mutis  en su libro. Ya esa fase había pasado sin tropiezos y se adentraban en las etapas maduras de la rutina familiar y de las obligaciones profesionales,  para subsistir como clase media.

Hacían tiempo para aprovechar la piscina del motel Bolívar, cuando Sofía preguntó a su marido:

-¿Y ese libro?

-De Álvaro Mutis, sobre la historia de un destartalado barco y el amor del capitán por su dueña, respondió.

Alejandro comenzó a leer en voz alta las primeras líneas de “La última escala del tramp steamer”.

-“Hay muchas maneras de contar esta historia –como muchas son las que existen  para relatar el más intrascendente episodio de la vida de cualquiera de nosotros”.

Era la invitación a leer una historia como la de ellos. Como la de todos los mortales comunes: simple y trivial. Alejandro la miró intensa y cautivadoramente. Le sonrió y con un gesto común en él,  dejando ver sus dientes blancos y perfectos.

Sofía lo observó con curiosidad y placer, con la misma mirada que lo había seducido la noche que lo conoció. Entrecerró sus ojos verdes para recordar cosas agradables del hombre, del compañero de sus últimos años. Era indudable que la rutina del día a día le había difuminado en la memoria sus encantos. Sonrió y sus labios carnosos dejaron salir las palabras que Alejandro recordaría por muchos años, desde ese día:

-Déjame leer, dijo con el aire decisivo, que tanto le gustaba, en particular cuando eran cosas del amor. 

Tomando el libro en sus manos, Sofía inició una lectura suave, clara y sin interrupciones:

-“Podría comenzar por lo que,  para mí, fue el final del asunto pero que, para otro participante de los hechos, pudo ser el comienzo…”, leyó Sofía el texto de Mutis, con voz calida, dándole una cadencia especial como Alejandro supuso que quiso escribirlo Álvaro Mutis.

La lectura continuó sin interrupción hasta media tarde, cuando se tomaron un descanso para almorzar y luego reiniciarla hasta concluir el libro,  cuando el cielo ocree  anunció que las luces del día declinaban y los gritos de la chiquillería  en la piscina se aplacaron.

Fue una atmósfera de total entrega, que nada interrumpió, sin causar la más mínima distracción sobre el relato. Fue como escuchar el agua de un riachuelo que baja de la montaña, sin que nadie lo interrumpa, sin que nada lo detenga, sin causar daños ni tragedias. No hubo rupturas, ni vueltas atrás para repasar una frase o aclarar el sentido de una palabra. Fueron horas y horas en las que Sofía leyó y leyó, sin detenerse, ni atropellarse.

Alejandro extasiado escuchó los encuentros de Jon Iturri y Warda –los protagonistas de la novela de Mutis. Encuentros que nada ni nadie detuvo mientras se amaron. Amor que continuó por mares, puertos, ciudades distintas y lejanas, hasta el naufragio del herrumbroso Alción en la desembocadura del caudaloso Orinoco. 

Ya en la noche cuando se  amaban con reencontrada pasión, Alejandro comprendió, tal como lo dice Mutis:

“… sólo existe una historia de amor desde el principio de los tiempos, repetida al infinito sin perder su terrible sencillez, su irremediable desventura.”

Sofía, a pesar de cautivarlo  con su lectura  en alta, clara y cálida voz,  siguió con su desamor por la voluminosa y complicada biblioteca  familiar, que ahora tendría otro libro, que ya ellos habían leído.

O mejor, que ella leyó y, en cambio, Alejandro sólo había escuchado.

Y, para bien o para mal de su rutinario matrimonio: Alejandro dejó de leer y ahora se empeñaba solo en que le leyeran…