miércoles, 15 de mayo de 2013

Una muchacha guapa e inteligente


Vino desde la cercana Pamplona, la misma ciudad de donde partieron los conquistadores españoles para fundar a Mérida, sólo que ella llegó casi cuatro siglos después. La Hermana República era una sociedad pobre, en esos tiempo. Pobrísima. No vivían bien ni los que tenían tierras y menos los que ejercieran profesiones liberales. Sociedad paupérrima, sobre todo si se la comparaba con la pujante Venezuela de la década de los años cuarenta del siglo XX. ¡Cómo han cambiado los tiempos!

Se vino a Mérida por que su familia se había dispersado luego de la muerte de sus padres.  Llegó para acompañar a una hermana mayor que se  había adelantado y casado en la ciudad con un joven ingeniero, profesor de la ULA. Con su limitada formación, la escasa primaria de esos tiempos, leía y escribía con la soltura  que muchos egresados universitarios no son capaces de hacer hoy. Eran famosas las muchísimas cartas que semanalmente enviaba  a sus hermanas y a su hermano que se quedaron en el terruño natal. Ahora que pienso en ella, creo que quizás éste afán por contar historias, de escribir, sólo por el gusto de ver las palabras  en el papel y ahora en la computadora, me viene por ella.


De su voz dulce y cadenciosa escuché muchas noches los cuentos en prosa y en versos con que aprendio a leer en el colegio de las Bethlemitas. Muchos años después descubrí con asombro que, aún hoy,  los niños colombianos hacen sus primeras andanzas en la lectura con los Cuentos Pintados de Rafael Pombo (1833-1912).  De tal forma que, los versos que recuerdo de mi niñez fueron los de Simón el Bobito; Michín, El Gato Bandido; y La Pobre Viejecita que: “Apetito nunca tuvo / Acabando de comer / Ni gozó salud completa / Cuando no se hallaba bien…” 

La escuela y el liceo hicieron otro tanto para que la sensibilidad  nos diera una noción de la sociedad a la que pertenecíamos.  Leí, escuché y recuerdo, pero no pude aprenderme de memoria, los versos de Andrés Eloy Blanco (1896-1955): La Loca Luz Caraballo, Las Uvas del Tiempo y Canto a los Hijos en Marcha: “Madre, si me matan / que no venga el hombre de las sillas negras; / que no vengan todos a pasar la noche / rumiando pesares, mientras tú me lloras…”

Sin embargo, ahora que recuerdo a la joven guapa que llegó de Pamplona, sólo logro que estén en mi memoria, profunda y nítidamente, los versos del poeta colombiano. 

El mayor deseo de ella fue tener familia y la tuvo. Sólo por su empeño e inteligencia. Tres hijos tuvo. El primero, fue hijo único,  por ocho largos años. Lapso que demoró su segundo hijo en llegar al mundo. Dos años después llegó la niña. En ese largo interregno se convenció que no era bueno tener un solo muchacho. Ese era el hijo del miedo, decía. Era bueno dividir las atenciones maternas y también las preocupaciones, entre los vástagos.

Sus palabras tenían la fuerza de su inteligencia y la decisión de hacerlas realidad.  Siempre nos contaba  que a los pocos días de haber llegado a Mérida vio a un joven muy buenmozo parado en una esquina. Su hermana mayor, quien le acompañaba, le dijo: "es un rompe corazones". Era de temer por sus muchos amoríos. Tanto que lo llamaban "El Diablo". Ella lo miró y sin amilanarse, le dijo a su sorprendida hermana: !con ese hombre, me voy a casas!  Y así fue...       

Tenía una capacidad infinita para saber cómo era cada quien. Qué cosa le gustaba  a cada uno y qué podía dar cada persona.  Si le hubiera gustado acumular riqueza hubiera sido una excelente vendedora. Tenía algo que los psicólogos llaman actualmente inteligencia relacional. Y sus consejos, frases y explicaciones, ahora las encuentro sabias.  No en balde su nombre era Sofía, como la diosa de la sabiduría