lunes, 19 de septiembre de 2011

Excursión al inframundo


Humberto Ruiz

Los mexicanos han desarrollado en algo más de 75 años tres zonas turísticas de playas excelentes, en su inmenso territorio. Primero fue Acapulco en los años 30 y 40 del siglo pasado; luego fue Cancún y la Rivera Maya  a partir de mediado de los años 70; y finalmente, la zona de los Cabos en Baja California Sur, desde hace veinte años.

La autopista que recorre la Riviera Maya en la península de Yucatán tiene seis carriles  en ambos sentidos y une a decenas de sitios de playas y de recreación que hacen de ese lugar un espacio en donde es difícil aburrirse. Hay hoteles de todo tipo, con inversiones de capital nacional e internacional. La inversión pública, se ha dedicado a ofrecer la infraestructura de servicios. ¡Y no hay cortes de energía eléctrica! 

La península de Yucatán tiene la particularidad de no tener ríos superficiales. Su suelo es calcáreo y por ello, el abundante agua que cae de la atmósfera parecer perderse en el subsuelo.  De cuando en cuando se encuentran los conocido cenotes que son agujeros  en el suelo que, en su fondo muestran zonas de agua y en muchos lugares han dado paso a sitios de recreación. El agua, por lo general es limpia y muy fresca, casi fría.

Hace unos cuatro años se descubrió la entrada a una cueva que permitió localizar un inmenso río subterráneo que recorre muchos kilómetros en el subsuelo. Río Perdido  como se llama el lugar, ofrece a los turistas intrépidos, que no sufran de claustrofobia, un hermoso paseo de dos horas de duración para explorar éste “inframundo”.

Para acceder al río subterráneo se exige a los visitantes darse una ducha y quitarse cualquier rastro de cremas y maquillaje.  Luego se les da un traje que le permita resistir el frío del agua, se le hace colocar un salvavidas, se le dan unos zapatos especiales para no sufrir cortaduras y un casco con su bombillo para iluminar el camino. Antes se da una larga explicación, y por enésima vez se pregunta si sufren de claustrofobia, presión arterial  u otra afección.  Para los asustadizos eso es suficiente para abandonar la excursión. Quienes persistan no olvidarán en su vida el paseo que darán.

Ahora entiendo el placer de los antiguos mexicas por el subsuelo, por el inframundo.  Pequeños senderos llenos de estalactitas y estalagmitas, amplios espacios con paredes recorridas por hilos de agua durante millones de años, han  hecho frescos  sobre la roca de formas singulares y de variados colores. Un silencio que aturde y un rumor permanente de agua que corre.  La sensación es sobrecogedora. En cierto momento, con mucho sentido del show, se apagan las luces de los cascos, se hace una oración a la naturaleza a oscuras y luego se encienden las luces enfocadas hacia el cielo. Entonces, se observan cientos de estalactitas que, como cuchillas brillantes y afiladas,  nos apuntan. 

Por dos horas, a cada paso, se encuentra el visitante con nuevas e impresionantes formas hechas por el agua,  durante millones de años.

Los guías que acompañan a cada grupo  son pasantes mexicanos y extranjeros de diversas carreras universitarias, que de seguro habrexige uatro años se descubrió ln Elesta viendo, para que permanezca as chachra rre e agua  que hacen frescos de formas singulareán  tenido un entrenamiento académico importante. Sus indicaciones son muy interesantes y alejadas de la cháchara insustancial que le toca oír a quienes hacen turismo en otros lugares.  Insisten en que nadie rompa, tome o raye nada de lo que esta viendo, para que permanezca así por siempre.  

Si quiere conocer el “inframundo” antes de morir,  le recomiendo dar este paseo. Le aseguro que no saldrá defraudado.