jueves, 19 de enero de 2012

César Chávez Taborga: homenaje a un maestro

Humberto Ruiz

César Chávez Taborga
Don César, como cariñosamente le decíamos, fue un maestro en el más amplio sentido de la palabra.  El pasado 12 de diciembre murió en La Paz (Bolivia) a los 87 años. 

Como casi todos los 6 de enero le llamaba para saludarle por su cumpleaños. Este año el teléfono repicó y nadie  lo atendió.  Ya  el año pasado nos comentó que Beba, su esposa -Aida Martínez Balzarotti- había muerto hacía ya mucho tiempo.  Quizás la nostalgia  por la partida de su entrañable compañera le hacía  percibir los meses como largos años.

César Chávez Taborga llegó a Mérida en calidad de exiliado durante el gobierno militar de Hugo Banzer Suárez en 1972.  Vino a la ULA invitado para dictar  unas conferencias  sobre teoría de la historia y terminó quedándose  hasta 1984.

Aida Martínez Balzarotti
En la Escuela de Educación fundó la asignatura de Fundamentos de la Educación y dictó la de Historia de las Ideas Pedagógicas y propuso cambios importantes  en la Practica Docente. Diseñó y aplicó la Encuesta Pedagógica Universitaria cuyos análisis permitieron establecer la Dirección de Mejoramiento Académico y dirigió el Área de Formación Pedagógica  de dicha dependencia.  Durante  cerca de año y medio nos preparó, junto con un grupo de profesores instructores de varias facultades, para  que fuéramos los continuadores del programa de formación de docentes universitarios de la ULA.    

Nuestra relación comenzó en junio de 1974 cuando fui contratado junto con otros profesores recién egresados, para encargarnos de las secciones de Fundamento de la Educación  que comenzaron a dictarse a los estudiantes del primer semestre.  Bajo su dirección preparamos  las clases y luego de manera similar nos sometió a una compleja  actividad de exposiciones para presentar el concurso de ingreso como profesor ordinario en la ULA. Desde ese momento nuestra amistad  se fue  consolidando hasta hacerse entrañable.

El entrenamiento implicaba la preparación de cada unidad del programa,  la exposición durante  horarios sabatinos y dominicales  en la antigua Facultad de Humanidades  y  la posterior corrección de las exposiciones  en  jornadas de muchas horas.  Cada una de las unidades del programa fueron preparadas minuciosamente y  al conocerse  el jurado del concurso  nos dimos  a la tarea de analizarlo para  determinar qué preguntaría cada uno de ellos y preparar las respuestas. No equivocamos  ninguno de  los temas que me preguntaron.  En abril de 1976 presenté el concursos e ingresé  como personal ordinario.

Durante varios meses  me instó a comenzar la investigación  para ascender en el escalafón universitario.  Durante muchas horas discutíamos   y me escuchaba con paciencia  lo que sería  ese trabajo  sobre los Becarios del Plan de Ayacucho.  Me hacía sugerencia  y siempre terminaba diciéndome: "muy bien, pero hay que escribirlo". Al cabo de algunos meses  le presenté, un día a media mañana,  las primeras treinta páginas.  A las diez de la noche me llamó por teléfono y me  convocó a su apartamento diciéndome: "tengo tres horas leyendo y no he podido entender qué quieres decir en la primera página".  El procedimiento de las clases, ahora se repitió con la investigación y la forma de presentarla.

En la ULA, institucionalmente, hizo una labor  innovadora  en el campo de la formación docente de los profesores universitarios y en 1984 la OEA le otorgó el Premio Interamericano de Educación “Andrés Bello”. 

Un año después el presidente boliviano, Hernán Siles Suazo, lo designó embajador ante  el gobierno venezolano,  luego de un tiempo regresó a la ULA y finalmente  decidió marcharse a su país.  El gobierno de su país nuevamente  le pidió  incorporarse  a la gestión pública, esta vez como Ministro de Educación. 

Seguimos siempre en contacto  por vía epistolar o telefónica.  En septiembre de 2002 lo visité en La Paz.  Estaba muy deteriorada su vista,  aunque seguía  escribiendo y proponiéndose proyectos  intelectuales. Fueron dos semanas de camaradería y atenciones. Al despedirnos supe  que no le volvería a ver, por la distancia geográfica que nos separaba. Fue sin duda un gran maestro,  con una honestidad y profundidad intelectual a toda prueba y exigencias tan altas como el apoyo que daba a sus alumnos y a quién le preguntara por cualquier tema  del que conociera.  El recuerdo que dejó en Mérida y en la Universidad de Los Andes fue hondo. Creo que la institución no lo supo aprovechar como lo hubiera podido hacer. En mi caso, reconozco además, su inmensa generosidad intelectual y su inmejorables condición de maestro.  Le recordaremos con gratitud, admiración y respeto.