miércoles, 18 de marzo de 2015

La ULA y el efecto Maradona

Orlando Albornoz
Ilustración (*)
Universidad Central de Venezuela



Para Ignacio Avalos, hombre de balón y de ciencia



Un colega norteamericano, amigo de muchos años y de muchas faenas universitarias, David L. Kirk, publicó un libro de primera calidad académica: (2003) Shakespeare, Einstein, and the Bottom Line: The Marketing of Higher Education. Cambridge, USA: Harvard University Press. 

Intrigado le pregunté en alguna ocasión el porqué del título de su libro, si no tenía nada que ver ni con Shakespeare ni con Einstein. Su respuesta fue simple: No tiene nada que ver pero los posibles lectores no lo saben y la idea, libros o bendiciones es, precisamente, el marketing y todos creerán que tenían algo que ver y no se atreverían a preguntar cuál es la razón del título, para no pasar por ignorantes.


Los potenciales lectores de este breve artículo, al ver asociado el nombre de la ULA con el del genial ex jugador de futbol, habrán pensado que el mismo vendría a la ULA para alguna actividad deportiva de su especialidad. Pero no saben que mi objetivo no es hablar de Maradona, sino ‘triangularlo’ para destacar cuál es el patrón de gastos que tenemos en nuestra sociedad y cómo en la ULA ni ninguna otra institución recibirá cuanto necesita, porque el gasto/inversión académico no es una prioridad para nuestros gobiernos.

Una de las cuestiones que me llama la atención de la actual revolución bolivariana socialista es la ausencia de austeridad.  Pero no es solo la revolución la que gasta en forma arbitraria, sino también los gobiernos precedentes, y sobre ello recuerdo lo inútil del programa acelerado de becas al  exterior, que promocionó el presidente Carlos Andrés Pérez y que promete continuar el actual presidente, que habla, curiosamente, del mismo número de becarios que ofreció CAP en Cumaná cuando anuncio aquel desventurado Programa Gran Mariscal Ayacucho, para enviarlos a ‘las mejores universidades del mundo’ instituciones de selección que no están esperando estudiantes venezolanos, muchos de los cuales posiblemente no podrán ingresar a universidades de primera, y tendrán que hacerlo en universidades de tercera.

La ausencia de austeridad es visible en el sistema nacional de orquestas, creado para costearle el busto al binomio Abreu-Dudamel, excelentes músicos y mejores comerciantes.  Incuso en la ciudad de Barquisimeto se construye un teatro de excepcional calidad arquitectónica, para el capricho larense, mientras que las universidades en esa ciudad languidecen ante la indiferencia gubernamental. Otro ejemplo es el premio al pensamiento crítico, que otorga el gobierno venezolano, con un monto que despierta la envidia de los intelectuales y académicos venezolanos, por el monto de $ 150.000.

Entonces, la pregunta esencial es la siguiente: ¿Por qué no podemos los venezolanos ser austeros? ¿Por qué nos atrae la parafernalia propia del nuevo rico –porque somos un petro-state, de dinero fácil cuya culpa-engendrada– nos hace gastarlos tan rápidamente como se pueda? ¿Acaso no somos Yanomami sino indios Puebla deseos de hacer nuestro Potlach y quemar los bienes que tengamos? ¿Por qué no invertimos en crear universidades de primera, para que fueran el motor del desarrollo que proponía Manuel Castell, sino que gastamos nuestros dineros bajo el precepto según el cual los dineros del Estado son, después de todo, ‘mis dineros y yo los gasto como yo quiera’? Como, por ejemplo, darle mucho dinero a los muchachos españoles del partido Podemos, que en nombre de la patria y los eternos ideales de la revolución siguen ‘haciendo la América’ como el personaje de la zarzuela de Scarlatti De Aldama El Indiano y la Planchadora.

Todo ello viene a cuento después de leer un párrafo publicado  por  el periodista, Nelson Bocaranda, que se explica por sí mismo y me alivia de escribir nada más en función de mis argumentos.

“Maradona pasa unos días en Caracas, a cuerpo de rey, hospedado en el Hotel Tamanaco en el municipio Baruta donde todos sus gastos los absorbe el régimen venezolano en medio de la peor crisis económica de la historia reciente. Para “el Pibe” no hay escasez de productos. En el hotel hay hasta papel higiénico y champú, amén de los alimentos que en buena parte de Venezuela escasean. Lo normal y justo para quien recibe turistas, empresarios y uno que otro “enchufado en rojos negocios” como el argentino. Ya cualquier establecimiento de hostelería y restoranes ha de pasar su propio vía-crucis para mantener un inventario estable sin que el gobierno los tilde de acaparadores. Para el argentino castrista, chavista, kirchnerista, evista, correista, orteguista y capitalista no le da lo mismo consumir una gaseosa, un agua mineral, un vino o hasta un escocés. Sus gustos refinados con los años lo llevan a saborear los mejores champañas del mundo. Y como el gobierno de Maduro paga todo lo que el deseé, mientras sea su invitado en Caracas, descubrimos que la semana pasada, el jueves 26, se le antojó pedir una champaña Moet&Chandon cuyo costo, con su propina rojita de 200 bolívares (también pagada por todos los venezolanos en su cuenta final) ascendió a la suma de Bs. 75.226,88”.

No me interesa Maradona, un persona más bien admirable que ha demostrado tener talento tanto con los pies como con la cabeza –es un líder político recibido con presteza por los gobernantes  como Fidel Castro, Hugo Chávez y Nicolás Maduro, sino el análisis de los valores de una sociedad que no alberga aprecio ni estima por sus universidades. Ciertamente, razón tenía  Federico Engels, cuando anotaba en el Prólogo a la edición británica de El Capital, que Carlos Marx había puesto a Hegel de cabeza. Lo mismo argumentaba el escritor uruguayo Eduardo Galeano, en su bello libro (1998). Patas Arriba. La Escuela del Mundo al Revés. México: Siglo XXI. Pues eso siento en el momento de escribir este artículo: estamos poniendo las cosas patas arriba. Además de hacerlo, tenemos el tupé de brindar por ello, lo cual es un exceso, una gitanada, una mano de Dios.

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(*) La ilustración es tomada de: